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Yumma (Parte 1 de 3)
A lo largo de los años siempre ha habido relatos de animales extraños. Especialmente en selvas, sierras o montes; cualquier zona alejado de las grandes ciudades. Cuando se vive en esos sitios, en pueblitos donde la mayoría de las personas se van a dormir cuando se hace de noche y las estrellas brillan orgullosas en el cielo contrario a las ciudades donde apenas se distinguen, es más fácil creer que puedan existir toda cantidad de seres extraños, sean paranormales o naturales. Y no es por ignorancia ni ingenuidad, al contrario, se es más consciente de la grandeza y existencia de misterios en la naturaleza. Pensamientos de campesino, supongo.
Desde chicos se nos enseña el respeto y cuidado a los animales, a tenerles prudencia, respeto y guardar una distancia segura. Por eso, cuando me tocaba acompañar a mis padres a traer leña al monte, ponía especial atención por si veía cualquier cosa que saliera de lo normal. Siempre hay bichos rastreros, arañas, serpientes y otros animales listos para atacar cuando se sienten amenazados. Precisamente había rumores de ciertos animales que circulaban cada tanto, sobre todo al inicio de la primavera cuando están más activos los osos y la temporada de reproducción comienza en la mayoría de las especies. En esas semanas están más bravos de lo usual así que hay que estar ojo avizor.
Cuando tenía unos doce años mi padre me contó la siguiente historia. Hoy que estoy viejo y tengo varios años que no voy al monte me gustaría contarla para que no caiga en el olvido.
Es la historia de la Yumma.
Esta gigantesca serpiente vivía en la Matanza, una zona del monte en la que la mayoría de la gente del pueblo iban a conseguir leña seca para calentar la casa, cocinar o, en nuestro caso, calentar agua para bañarnos pues nuestro boiler era de leña.
Además de la leña, también se traían grandes piedras para la construcción, pero a cantidades muy pequeñas. Especialmente geodas, esas piedras redondas que al partirlas a la mitad encuentras cristales transparentes o de colores tenues que se ven preciosas cuando reflejan la luz.
También a la Matanza "subían" cazadores ocasionales, casi siempre iban por los cerdos salvajes, venados osos o incluso pumas que acá les llaman leones de montaña.
Otros pocos iban por semillas que caían de árboles, como piñones, manzanillas o madroños. En resumen, la gente conocía el monte y casi todos los animales que vivían allí.
Precisamente por eso era extraño que alguien contara sobre un animal desconocido, la gente no busca llamar la atención y esparcir esos rumores es una irresponsabilidad ¿para qué asustarías o pondrías en alerta a las personas solo por diversión? La gente de la sierra no suele ser así.
Algunas personas que se metían muy adentro de la Matanza decían que encontraban rastros de grandes trozos de piel mudada. Las serpientes y víboras mudan de piel conforme van creciendo, se les cae la vieja para que la nueva los cubra durante un año más, ellas se restriegan en ramitas o piedras para ayudarse a arrancarse la piel vieja. Así se sabe más o menos el tamaño de las serpientes de la región, además, ya se sabe cuáles son las que habitan en la zona. Por eso fue una sorpresa mayor cuando dijeron lo que habían encontrado.
Los hombres del pueblo solían reunirse en el viejo billar para descansar después del trabajo. Mi padre iba muy seguido, así que escuchó la primera vez que se habló de eso. Él opinaba que era una exageración de aquellos tipos. Mi padre siempre fue de esos hombres de "hasta no ver no creer".
Los días fueron pasando y con ellos las semanas. Ocasionalmente mi padre nos contaba que alguien más había visto huellas del paso de la Yumma, otros incluso aseguraban que vieron parte de la serpiente deslizándose para entrar alguna cueva. Si de por sí una víbora es de cuidado, ahora una gigantesca pues ya te imaginarás.
Una noche hubo un debate intenso sobre el mismo tema. unos estaban del lado de que los otros lo exageraban y los otros retaban a los unos a que les creyeran. Total, el acuerdo fue que al día siguiente irían en una expedición para encontrar los restos de la piel de la gigantesca serpiente.
A la mañana siguiente salieron seis hombres -de casi veinte que estaban reunidos la noche anterior- en búsqueda de los restos de piel seca, mi padre incluida.
El pueblo está en el centro de un valle rodeado de montañas, en la sierra, por lo que del pueblo a la Matanza se hacían unos cincuenta minutos en llano y luego comenzaba el monte. Al entrar a la Matanza, aquellos tres hombres que vieron a la Yumma metiéndose a la cueva guiaron a los otros hasta aquél sitio. Mi padre me contó que estaban cerca del Cerro del oso, una zona famosa por los avistamientos de esos animales. Queda entendido que era más adentro de la sierra.
Por cierto, dicen que el nombre de la Matanza tiene dos diferentes orígenes, dependiendo a quien le preguntes. Una versión decía que, en tiempos antiguos, allá por los 1700, hubo un grupo de viajeros en busca de tierras para asentarse y llegaron al pueblo de paso. Los lugareños les advirtieron que no se metieran para aquellos lugares ya que abundaban los lobos. Los viajeros contestaron que no habría problema ya que tenían machetes y algunas carabinas para defenderse. Se fueron al amanecer y no los volvieron a ver. Ocurrió lo esperado. Días después fueron al monte (pues aún no tenía nombre) y encontraron el campamento de los viajeros. Ropa regada por todos lados y restos de sangre en el suelo, troncos, piedra y maleza. Familias enteras, desde bebés hasta ancianos perecieron en aquella matanza.
La otra versión era que en las épocas en las que los nativos se peleaban contra los colonizadores, los naturales de la zona se escondieron en la sierrita. Los colonos los persiguieron y se armó la batalla. Hubo una matanza en la que como suele ser, no hubo ganadores; pero los indígenas perecieron a manos de las armas de fuego. Los arcos y flechas no tuvieron oportunidad contra los calibres 22.
Entre brechas y cerca de un arroyo encontraron un trozo de piel de unos 50 centímetros de ancho por un metro y medio de largo, y eso que no era el cuero completo sino el trozo de algo más grande.
Asustados por el tamaño de la muda, decidieron regresarse al pueblo con la prueba de la Yumma. Primero lo mostraron en el billar, todos estaban impresionados por el tamaño del cuero. Se lo quedó un cazador quien dejó que cualquiera lo viera -sin tocarla- gratis y luego cobró una módica cantidad de dinero, hasta que poco a poco dejó de tener relevancia.
Sin embargo, mi padre me contó que los del pueblo dejaron de estar tranquilos cuando iban a la Matanza. Parecían ajenos aquellos días en los que podías ir, con las precauciones usuales, al monte sin preocuparte por extraños animales. Porque si había una gran serpiente, que nadie sabía con exactitud cuánto media, ¿qué otros animales gigantes o peligrosos podía haber?
Poco a poco la gente dejó de ir. A pesar de que se necesitaba la leña y los otros materiales, preferían comprarlos en otros lados. Hasta que pronto llegó la desgracia.
Un día, cuando el sol estaba en el centro del cielo llegó Isaías, un primo de mi padre, que tenía problemas de lenguaje (a veces tartamudeaba, sobre todo cuando se ponía nervioso), que fue a juntar piñones junto con Isidro.
Se adentraron cerca del Cerro del león donde los árboles son altos y hasta que el monte se quedó en silencio. De pronto escucharon una respiración agitada, notaron una enorme serpiente de unos quince metros de largo y ancha como el tronco de un árbol de manzana. La serpiente era color marrón, como la de algunas víboras de cascabel y tenía picos en el lomo. La piel escamosa parecía gruesa y a pesar del tamaño, se movía muy rápido.
Isaías e Isidro salieron corriendo, Isaías se subió a un táscate grande, esperando que la serpiente no trepara. El animal fue tras Isidro quien corrió directo a una peña. Pronto se vio entre la serpiente y el vacío. Isaías, desde lo más alto que pudo trepar, vio como Isidro se lanzó. El animal se le quedó mirando, luego desapareció buscando a la presa. Isaías aprovechó para escapar.
Algunos le creyeron, otros no. Mi padre y dos de sus hermanos fueron a buscar a Isidro. También iba un amigo de Isaías. Fueron armados con machetes, hachas, incluso Raúl llevó su rifle de cacería.
Al llegar a la base de la peña encontraron el lugar donde Isidro había impactado en las rocas. Rastros de sangre -en partes seca y en otras más fresca- esparcidos en ramas, el suelo y algunas rocas movidas por el paso de la serpiente. Decidieron seguir el rastro. Lo más probable era que la serpiente lo engullera allí mismo y se retirara a un sitio a descansar. Una cueva con toda seguridad.
Decidieron seguir el rastro. Iban todos atentos a los alrededores. Avanzaron por la ribera de un arroyo seco que cada vez se hundía más en el terreno, es decir, a cada paso se hacía una especie de cañoncito. No les gustaba nada, con cada paso que daban quedaban atrapados. Quizá la serpiente ya había comido -con todo respeto para Isidro-, pero nadie aseguraba que hubiera más serpientes. ¿Y si eran varias de distintos tamaños? ¿Y si era la más pequeña de la familia? Estaban muy nerviosos.
Pronto descubrieron que el camino conducía a una cueva de donde salía un aroma fétido y asqueroso. Los reptiles tienen un aroma muy particular; sumado a ella, el aire salía impregnado de muerte añeja. Guardando el debido respeto por los finados, olía igual que cuando las vacas morían y se descomponían en el campo. En la entrada había dejos de sangre seca.
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Comentarios





Wow
ResponderBorrarMuchas gracias, el miércoles 28 se publica la segunda parte :D
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