Aquella noche de abril

El propósito de este relato es solamente narrativo y creativo, y NO pretende otro fin más que el de entretener. Cualquier parecido con personas, lugares y situaciones son mera coincidencia. Algunas escenas pueden contener elementos que resulten inquietantes o emotivamente intensos para ciertos lectores, se recomienda discreción.


    

“Tarde o temprano nuestros actos nos alcanzan. La vida nos responsabiliza por aquellos delitos que quedaron impunes ante el sistema judicial. O eso quiero creer”

- J. A. Valenzuela

 

Diego Morales Zubia estaba estudiando en la preparatoria cuando su padre falleció. Esa fue la primera vez que sintió que la vida no era justa. ¿Por qué un hombre que se dedicaba a hacer el bien, a salvar y ayudar a los demás tenía que fallecer? Un bombero que murió por falta de equipos adecuados mientras el presidente municipal inauguraba obras inútiles para salir bien en las fotos. ¿De qué servía que en la entrada de la ciudad hubiera una escultura cuando los que exponían la vida no contaban con equipo profesional ni salarios dignos? ¡Ah! Pero cuando había incendios en los cerros cercanos allí sí se les juzgaba con frialdad, como si el fuego respetara los deseos de aquellos que se quejan y no ayudan nada. Su papá falleció combatiendo el incendio mientras las autoridades se divertían en aquel concierto gratuito que de gratis no tenía nada. Los impuestos pagaron el espectáculo.

Pero su padre moría por la falta de máscaras que filtraran el dióxido de carbono. Si tan solo un pequeñísimo porcentaje de aquellos eventos que presumían en redes sociales, periódicos y televisión se hubiera usado para comprar uniformes, para arreglar carreteras e invertir en maquinaria para actuar en emergencias…

Fue la primera gran decepción de su vida. Su padre yacía en el cementerio mientras el presidente daba un discurso en su honor. ¡Hipocresía! Tanto que se pudo haber evitado… Esa fue la primera vez que sintió el verdadero dolor.

Él y su madre se quedaron solos. El risorio dinero que le dieron a su madre a modo de compensación por el cuerpo de su padre se terminaría muy pronto. ¿Así le pagaba el gobierno? Un cheque, una placa que se llenaría de polvo y un discurso apresurado dicho solo para dar la imagen de empatía. Y aquellos que podían hacer algo para cambiar las cosas, para evitar que otros padres, hijos y hermanos perecieran por la falta de equipamiento, aquellos lo olvidaron de un día para otro…

Tuvo que trabajar para ayudar con los gastos y no solo para comprarse sus cosas, como la mayoría de sus compañeros. Un amigo cuyo padre tenía un autolavado le abrió las puertas al mundo laboral. Allí comenzó a trabajar por las tardes. Su madre consiguió empleo como cocinera en un restaurante. Trabajaba todo el día por lo que casi toda la tarde Diego era libre de supervisión materna. Al principio todo fue bien, era juicioso, responsable. Un buen chico. Pero pronto los riesgos, las opciones de todo adolescente comenzaron a rondarlo. Una cerveza, un cigarro de vez en cuando. Todos lo hacían, no había nada de escandaloso. Su mamá no se dio cuenta al principio, pero cuando le llegaron los rumores comenzó a investigar. El aroma, junto con su comportamiento, lo descubrieron. Al principio rehuyó a los regaños de su madre, pero muy rápido le molestó que lo tratara de controlar en lo más mínimo.

            Fue una etapa difícil. Su pobre madre aceptó que tuviera esos comportamientos. ¿Qué podía hacer? No estaba con él en gran parte del día y, además, si su madre se ponía pesada él dejaba de darle una parte del dinero que ganaba lavando carros. Pronto llegó el primer acercamiento a las drogas: los cigarros de marihuana. No era la gran cosa, seguía sin ser la gran cosa…

            Apenas terminó la preparatoria. Las buenas calificaciones cayeron a pique al igual que el expediente disciplinario. Comenzaron las peleas, faltas de respeto a los profesores y las noviecitas. Cosas comunes, hasta cierto punto. Diego siempre sintió que a nadie le importaba lo que le sucedía, salvo a su madre. E irónicamente era con la que más tenía desencuentros. No tenía ganas de estudiar una carrera, faltaba el dinero y no sabía qué quería hacer con su vida ¿Qué muchacho de 17 años lo sabe?

            En una plática un poco subida de tono, le informó a su madre que se tomaría un año sabático para trabajar y ahorrar todo el dinero que pudiera. Aunque su mamá sabía que no podía reprimirlo, no del todo. El dinero que le daba la ayudaba bastante, y, con el paso del tiempo, le dio más. Diego le dijo a su madre que era más útil ganando dinero que perder el tiempo en dos semestres de una carrera que muy probablemente no le gustaría.

            Por conformidad o conveniencia, su madre aceptó. Durante los primeros cinco meses después de esa decisión comenzó a ser más aficionado a la cerveza y tabaco, la marihuana casi no le gustaba porque aunque se reía a lo estúpido, también estaba más perdido y eso no le gustaba, prefería estar lúcido. Aprendió que en esas ocasiones los que se mantenían atentos podían aprovechar la situación. Así se metió en el negocio de comenzar a vender yerba. Por suerte, el lavado de carros atraía a todo tipo de personas, y entre más conoces, más probabilidades de conocer a alguien que la comprara. Y los conoció. Llegó un poco más de dinero, pero también mucho mayores peligros. A veces iban los policías a dar rondines y los nervios lo consumían al punto de casi querer vomitar. Así fueron las primeras veces.

            Una noche su mamá platicó con él. Parecía entender poco a poco que quizá no era tan mala opción -temporal-, siempre y cuando regresara a la universidad en el siguiente inicio de año escolar. Esa noche notó que su madre estaba cada vez más envejecida, más de lo normal, desde lo de su papá parecía haberse avejentado treinta años por lo menos. No le quiso mencionar nada, pero se veía demacrada, cansada…

Al mes de esa plática su mamá se puso mala. Diego estaba repartiendo algunas onzas mientras una compañera del restaurante la llevó a urgencias. Cuando Diego recibió la noticia estaba tirado en el sillón de su casa. De las pocas veces que decidió prender un gallo. Estaba muy estresado, dos diferentes barrios de cholos que le compraban y cada uno quería exclusividad. Decían que su producto era bueno así que se le hizo fácil probar aquello y de paso, desestresarse. La vecina casi tumbó la puerta, Diego no había escuchado el teléfono.

Resulta que a su mamá se le inflamó el apéndice y tuvieron que operarla. La recuperación fue difícil. Diego se decidió por un barrio, era los que parecían ser más fuertes, y el otro se enojó porque le quitaron la mercancía. Tuvo que trabajar más para ganar dinero mientras su madre estaba incapacitada. Pero no era mucha la ganancia y necesitaba más. El dueño del autolavado descubrió en qué andaba y lo corrió, no quería problemas.

Así comenzó a robar autopartes, estéreos, faros, tapas, espejos y cualquier cosa que se pudiera quitar pronto y tuviera buen mercado. El tipo al que se los vendía tenía un yonque, como a todo primerizo, lo novateó pues le compraba las piezas muy baratas. Conoció más gente que le decía que lo bueno no era tirar yerba ni autopartes, lo “gordo” estaba en los carros completos, pero para eso necesitaría usar pistola…

El único problema era los cargos de consciencia que le daba su madre, la pobre e inocente mujer estaba postrada en la cama, lamentándose por su situación, con dolores y fiebres que iban y venían. Además, la herida no parecía mejorar, al contrario, cada vez se enrojecía más.

La primera noche que iba por la pistola a casa de “El Coco” el que sería su compañero de delitos, lo atacaron los cholos a los que no les quiso vender. Sintió golpes a puño limpio y luego con un bate de aluminio, pensó que lo iban a navajear, pero los tipos tuvieron que huir porque unos vecinos escucharon la grilla y salieron a quitárselo.

Lo llevaron al hospital y cuando despertó le dijeron que su mamá también estaba allí. Resulta que la misma vecina le dio la noticia, cuando llegó su madre calentaba un té para el dolor. De la impresión se le subió la presión y la herida le comenzó a sangrar. Ya en el hospital resulta que su mamá tenía una infección postoperatoria. Era grave. Todo se complicó de tal manera que ocurrió lo peor que pudo pasar.

Diego se quedó solo.

Los golpes en las costillas y la herida de la cabeza no eran nada comparado con el dolor que sentía por estar sin su mamá. La última vez que la vio estaba en el sillón, viendo la tele. Antes de salir le dio la bendición y lo despidió con un beso en la frente a lo que él se quejó por ello. Ya no era un niño y no necesitaba esas cosas ridículas.

¡Qué tonto fue! ¡Cuán rápido puede empeorar la vida! ¿Cuándo fue la última vez que le dijo algo lindo a su madre? No lo recordaba ¿Cuando falleció su padre? Después de allí fue todo en picado, problemas, reclamos. Sobre todo, por su parte ¿Cómo fue tan idiota para reclamarle algo a la mujer que se quedó sola y al frente de la casa? Fue una maravillosa mujer, ojalá él hubiera sido un hijo mejor.

La vecina le ayudó a juntar dinero para juntar el dinero para el funeral. Muchos fueron al servicio fúnebre, su mamá era muy querida. En la mirada de aquellas tantas personas, tantas que no podía diferenciar algún rostro en particular, esa muchedumbre sin cara lloraba o estaban en silencio. Ninguno se atrevía a hablarle directamente, aunque de vez en cuando lograba discernir en los murmullos frases aisladas.

<<Pobrecito, se quedó solo>>

<< ¿Qué va a ser de este chamaquito? Ya ves en qué pasos anda>>

Cosas de ese estilo. Cuando terminó el sepelio algunos familiares le ofrecieron su ayuda y muchos le dieron el pésame. Sabía que esas ayudas eran de dientes para afuera. Desde que su papá falleció nadie se apareció para estirar la mano, ni siquiera para ir a una comida con ellos. Los dejaron solos. Y cuando su mamá se enfermó tampoco hubo muestras de apoyo, ni siquiera por cortesía o para quedar bien delante de todos. Claro, todos tienen problemas y el dinero no abunda por las calles, precisamente, pero…

¿Y ahora? ¿Qué iba a hacer sin su mamá? Sin su padre había sido difícil, sin ella, imposible. Llegó a la casa, una casa vacía y el cielo lleno de estrellas y dos personas a las que amaba. Esa noche casi no durmió. Lloró hasta que sus ojos no tuvieron lágrimas. La garganta se le enronqueció. Aquella noche estaba tan cansado y ensimismado que se la pasó sentado a la mesa mirando el sillón en el que su madre se la pasaba la mayor parte del día.

    El tiempo pasó. Su compañero de fechorías, o el que sería el compañero fue a verlo con el pretexto de darme el pésame, pero en realidad le quería meter presión para comenzar a robar los carros. Diego no contestó y esa indecisión molestó a El Coco quien salió molesto. <<No te la puedes pasar con la mirada al suelo. Tus padres murieron, supéralo, sé un hombre>> le dijo antes de salir.

Las reservas de comida fueron desapareciendo de a poco hasta que no quedó nada pues Diego prefería comprar cerveza antes de comestibles. Se llenaba de alcohol, se calentaba con el líquido que lo aturdía y sumía en esa inconsciencia placentera. Pronto se olvidaba de todo.

Por una noche porque al despertar recordaba lo jodido que estaba. Solo, sin padres, sin trabajo, sin mercancía y al parecer sin socios… Le habían ido a tocar la puerta muy fuerte para abastecerle de yerba. Incluso sus clientes habituales fueron a exigirle que les vendiera. Todos había tenido alguna pérdida, madres, padres, amigos, primos o amigos se habían ido de diferentes formas así que no era especial. “Que se alivianara” le aconsejaban todos y que le entrara a la vida. No se podía pasar la vida acostado en el sillón tomando cerveza, lo cual no era del todo cierto pues no tomaba cerveza, ahora era aficionado a las botellas, de whisky o vodka, incluso al licor de caña, que era más barato.

Comenzó a vender las cosas de sus papás para pagar lo básico. Alguna que otra comida, pero, sobre todo, botellas. El señor de la tienda lo conocía y sabía que no tenía la edad legal y se aprovechaba de ello: le vendía más caras las botellas.

Llegó a tal punto que no se bañaba y aunque no le salía mucha barba, ya se le notaba cierta pelusa en las mejillas y el bigote. La vecina dejó de ir pues casi nunca le abría, y cuando lo hacía, era grosero. Los que nunca se pararon por allí fueron los tíos, aquellos que tanto les gustaba regañarlo en las comidas familiares cuando vivía su padre. Esos tíos que siempre se metían en su vida y le decían que estaba alelado, ahora ni se paraban por la casa. Hipocresías.

Todos tenían una opinión para criticarlo, pero ninguna mano para ayudarlo.

Al año del fallecimiento de su madre la casa estaba casi en estado de abandono. Casi ningún mueble pues ya los había vendido todos. La universidad estaba más que descartada. Le habían cortado el agua y la luz, reconectó el agua y de la luz no se preocupaba. No necesitaba electricidad. La calle era más entretenida. Conoció la mayoría de la vida nocturna de los barrios, salvo aquellos en los que peligraba de más. Se metía en peleas, perdía la mayoría Estaba débil, no tenía mucha experiencia en eso de los golpes, y lo más terrible era que ya nada le importaba. Hasta sentía cierta adrenalina cada que recibía un golpe, como si se sintiera vivo ¿Qué más daba lo que le ocurriera? ¿A quién le importaba? Ciertamente a él no.

Vagando en las calles desiertas, en los oscuros callejones y estando en la jungla nocturna, aprendió que la vida podía ser más dura aun. Conoció gente que realmente no tenía nada, padres que perdieron a sus hijos, madres con niñas desaparecidas, injusticias varias que dolían el alma y hacían perder la fe en la humanidad. También agarró más coraje con el sistema, contra las autoridades que veían para otro lado cuando se requería y, además de evitar hacer su trabajo, a veces abusaban de su poder. Levantando indigentes amenazándolos con llevarlos a comisaría si no se iban o les daban cualquier cosa de valor. Algunas veces nada más los molestaban para sacarse el estrés o cosas así. ¡Ah, el poder de los uniformes!

Como sea, el mayor problema llegó cuando recibió una notificación a su casa. Dentro del sobre venía una notificación de una notaría, decía que la casa entraba en proceso legal porque estaba intestada y se había iniciado un juicio de sucesión intestamentaria. A pesar de Diego estaba a punto de cumplir los 18 años, era necesario que hiciera los arreglos necesarios para que todo estuviera en regla…

Acudió al llamado en los juzgados civiles. Resulta que el que había iniciado el juicio fue uno de sus tíos, Mario, quien pretendía ser el albacea, pues según su tío, Diego -como estaba en malos pasos, juntándose con borrachos y delincuentes- tiraría todo el patrimonio de sus padres para satisfacer sus vicios. Él expuso sus opiniones, inició el proceso de la investigación legal para determinar el heredero y bla, bla, bla…

Diego no escuchó mucho más a partir de allí. El odio lo invadió. Sentía que la bilis le subía por la garganta y le escocía la boca. La cabeza le dolía, punzándole las sienes mientras se le nublaba la vista. Hasta se le engarrotaban los dedos mientras escuchaba la chorrería de papeles que le pedían para legalizar la posesión de algo que le pertenecía por derecho. 

Sin embargo, el eficaz aparato de la justicia había movido sus poderosos engranajes para quitarle la casa que compraron sus padres para el futuro de sus hijos (suerte que solo tuvieron uno). El avaro de tío, su maldito tío… Una mente maleada tienda a malearse más si no encuentra un buen motivo para revirar el curso. El tiempo libre, mal invertido, tiende a corromper el espíritu. Diego prefirió la venganza. Quería lastimar a su tío, más allá de meterle un susto o algo así, y quizá en tiempos anteriores hubiera pedido apoyo a El Coco, o tal vez a los cholos a los que les vendía marihuana, pero hoy estaba solo. Ya no tenía ningún contacto del lado “delincuencial”. Y eso, a veces se requiere para calmar a ciertas personas abusivas. Todos son valientes con los vulnerables.

Volvió a platicar con El Coco, quien, a pesar de que estaba “sentido”, volvió a entablar pláticas con él. No le tenía la confianza como para darle un arma, pero lo “invitó” a robar carros unas cuantas veces, Diego aprendió cómo hacerlo. En una de las tantas noches le contó el problema de la casa con su tío, El Coco pensó que le estaba pidiendo que se lo escabechara, pero no, Diego tenía otra cosa distinta en mente.

Como la casa tenía cochera para dos carros, le convenía al negocio de El Coco, quien no solo se dedicaba al robo de autopartes o de carros completos, sino que también se había metido al a transportar droga. Metía los ladrillos encintados en aquellos lugares vacíos en donde se podían acomodar esos paquetes.  La cosa es que, para acortar la historia y no contar mayores detalles. Diego le vendió la casa a El Coco, así sin más papeles que las escrituras de la casa y pagos de predial que su mamá había dejado en ese baúl de los papeles importantes.

El Coco sabía de los problemas de la casa, pero no le tenía preocupación. ¿Qué iba a hacer el tal tío Mario? Lo iban a amenazar para dejara el juicio y toda querella legal. O si no… Diego no quiso suponer qué le pasaría a su tío si se llegaba a tal punto, pero no le importaba. Cero consideraciones con los demás porque nadie los tuvo con él. Ya era problema de alguien más. Tomó un carro -comprado en un seminuevo-, una compacta y preciosa pistola Springfield Armory XD (cargador y recámara llena) que no tenía más de dos años de uso, y cien mil pesos a cambio de la casa. Sí, era mucho menos al valor de la casa, pero todo valía con tal de dejar esas cuestiones atrás.

Dejó su vieja vida atrás. Sabía que el dinero no le duraría para siempre, y menos con el estilo de vida que llevaba. No había dejado la afición a la bebida. Quizá ahora podía comprarse algunas botellas más caras, a ver si era cierto que había diferencia o solo valía la etiqueta.

Las primeras semanas se quedó en un motel de paso que había al lado de la carretera, alejada de la ciudad. Luego se mudó a una ciudad cercana y comenzó a trabajar como taxista. Duró casi seis años trabajando en varios sitios, y conoció la nueva ciudad como la palma de su mano, incluso las brechas y atajos que había por la periferia. Seguía aficionado a beber mucho y comer poco. Se sentía protegido -hasta cierto punto- por el arma que tenía bajo el asiento. Y también por el alcohol que tomaba nada más llegar al cuarto que rentaba.

La rutina que tenía era que llegaba a su casa, se estacionaba, escondía la pistola bajo el pantalón y la playera -dejó de usar camisas pues le daba pereza plancharlas-, cerraba todo bien y se metía al oasis que representaba su “hogar”. Encendía la tele, casi siempre estaba en el canal de deportes; se preparaba una sopa instantánea mientras bebía una cerveza bien helada. La mezcla de la sopa caliente y la cerveza fría le destemplaba la boca, pero era de la sensación más fuerte que sentía. No había en su vida que lo emocionara. Al contrario, sentíase como un barco a la deriva sin timón alguno. Ya no sentía la tormenta en su interior, ni en su mente, pero su vida ya no tenía un propósito. No tenía un gasto mayor al del mantenimiento del auto y a la renta. No gastaba mucho en alcohol, o sea, no bebía esas bebidas caras que todos decían eran las mejores ¿para qué? Si al final para embrutecerse no necesitaba una etiqueta bonita y elegante.

En ese transcurso de los años no regresó a su ciudad natal. Lo único que quería era llevarle unas flores a la tumba de sus padres. La casa no le importaba mucho, al fin y al cabo, era solo un lugar -hoy seguramente- guarida de la delincuencia. A los cuatro años de fallecida su madre, regresó a la ciudad que había dejado tan presurosamente, para ese entonces Diego ya tenía casi veintidós y el mes de abril estaba en su última semana. Solo quería visitarlos al cementerio, compró flores en la florería que estaba al lado.  

    Las puertas del camposanto se mecían levemente por alguna brisa ocasional. El tétrico chirrido de los goznes le produjo piel de gallina. Estando allí, sentado dentro del carro y con el sol calentándole las piernas, era lo único que tenía templado pues sentía un frío que nacía desde lo más profundo de su ser. Reunió fuerzas para bajarse del carro y descubrió que sus manos temblaban. La tierra suelta le ensució los tenis negros. Pasó por la caseta de vigilancia que estaba a un lado del descanso, el guardia lo miró sin saludarlo, pero Diego pasó sin siquiera mirar a los lados. 

Caminó entre las lápidas, algunas estaban más cuidadas que otras. Su corazón retumbó muy fuertemente cuando vio que la tumba de su madre (quien había quedado al lado de la de su padre por mutuo acuerdo) estaba llena de malezas, con la cruz descuidada y las letras borrosas. La cabeza le palpitó con fuertes golpes, la vista se le nubló y en la garganta parecía que tenía un rollo de alambre de púas. Fue tal su descompensación que la nariz le sangró, cosa que no le había ocurrido desde la más tierna infancia y apenas recordaba que alguna vez tuviera algún incidente así.

Las cosas que se olvidan...

    Comenzó a quitar la maleza y limpiar las tumbas. Sus padres no se merecían eso. Los había abandonado y con cada mala decisión le faltaba el respeto a su memoria. ¿Esto era lo que esperaban de él? Claro que no. Siempre quisieron que fuera un hombre sobresaliente, juicioso, humilde, de buen corazón. Aquel niño se había convertido en un fracaso de todos aquellos sueños que alguna vez tuvo. Estaba nublado de mente, estancado en la miseria que él mismo se había provocado. Claro, era mejor hacerse de la vista gorda, echarle la culpa a alguien más y no aceptar su responsabilidad que afrontar las consecuencias de las malas decisiones que había tomado. Le tocó una vida muy dura desde temprana edad, pero no era el primero ni el único. De hecho, conocía casos de niñas que habían sufrido peores cosas y se sobrepusieron y, de alguna manera, sobrellevan bien la vida.

Completó la acción entre recuerdos borrosos, pero dolores muy nítidos y cada vez más acentuados. Lloró por su madre, lloró por su padre, y sobre todo, lloró por él ¿Era un cobarde por sentir lástima de sí mismo? ¿Era tan débil como para autocompadecerse? Pues sí. Así que la tierra de las tumbas de sus padres quedó bautizada con sus lágrimas y alguna ocasional gota de sangre.

Terminó como pudo de limpiar y acomodar las flores. No tuvo el valor para hablar en voz alta todo lo que pensaba, pero el dolor interno no dejaba que terminara un pensamiento cuando otro ya le había nacido. Y todos apuntaban para la misma dirección: frustración.

Entre tantos pensamientos que bramaban en esa maraña de laberintos enredados que era su mente, se sorprendió de mala manera al descubrir que casi no podía recordar el rostro de sus padres. Esa mirada severa, pero llena de comprensión y el bigote poblado que solía usar su padre se le estaba olvidando. Y su madre, había olvidado su carita llena de amor y cariño, siempre dispuesta a ayudar a todos. Tenía fotos de ellos, claro que sí, pero le dolió el corazón el ser consciente de que, si no veía las imágenes de sus padres, ya no podía visualizarlos con tanta nitidez.

Y no solo ellos, había olvidado el rostro y la voz de sus amigos y familiares. Ahora todos los que conocía era una masa de gente sin rostro definido. ¿Hasta qué punto nuestra memoria se olvida de aquellos que forjaron nuestra vida? Pero sobre todo ¿Cómo es posible que el cerebro sea tan malo con nosotros mismos?  Como un inquisidor al que le placía torturarlo con recuerdos borrosos, cambiantes y con pensamientos oscuros y dolorosos. El mundo es como uno lo percibe, cierto que los problemas no desaparecen, pero sí cambia la forma en la que uno los aborda. Y, a menudo, es peor lo que uno se imagina que lo que realmente ocurre.

Dejó el camposanto y salió directo hacia una licorería. El mundo se veía menos jodido cuando estaba en ese estado de ligera incorporeidad cuando el cuerpo se siente liviano y la consciencia se duerme. ¡Ah! Relajación pura.

Durante la tarde entró a una cantina y bebió más allá de la ligereza mental, entró a la pesadez. Dicen los que saben que cuando uno batalla para en mover la lengua y las palabras se tropiezan una con otra es hora de dejar el trago, pues más allá está el terreno de la embriaguez que nos habla en murmullos, casi con caricias en esa voz aterciopelada. Nos recibe con los brazos abiertos y es tan cómodo el entrar allí, tan seductor ese espacio lleno de nada, el vacío… Un vacío donde el mundo desaparece, y eso, para algunos, es mucho mejor que cualquier cosa.

Algunos tipos se le acercaron a platicar, típico comportamiento de visitantes habituales de tales establecimientos, pero descubrieron que el tipo que estaba en la parte más alejada de la barra no tenía buena plática, apenas contestaba y nunca dejaba de mirar hacia el frente, síntoma de profunda introspección. Lo dejaron en paz, todos sabemos cuándo no queremos ser molestados, esa tarde era para él y lo que fuera que estuviera tomando.

Diego miraba al frente porque trataba de enfocar los buenos momentos que tuvo, aquellos pequeños espacios en los que fue feliz y la sonrisa era asidua visitante a su cara. Y ahora ya no podía recordar cuándo fue la última vez que soltó una carcajada. Había olvidado el sonido de la felicidad, de su alegría…

Una mancha difusa de rostros desdibujados, de pensamientos difusos y abstractos que enturbiaban su espíritu ya desmejorado y grisáceo. Tales pensamientos llegaron a un punto de origen, ese lugar que marcaba el cero en el plano cartesiano: su casa. Aunque ya no era suya allí fue el sitio donde creció y pasó tantos momentos con sus padres. <<Mamá, papá -pensó con la tristeza de un alma quebrada, resignada al sufrimiento y la soledad, un alma que rogaba por comprensión y acompañamiento, un alma que convivía con su peor miedo: el abandono y la soledad-, los extraño tanto. Cambiaría toda mi vida por estar con ustedes otra vez.>>

Y al pensar esto, lágrimas rodaron por sus mejillas coloradas y calientes por el alcohol. Le dio vergüenza saber que los demás notaran su debilidad. Como si fuera un niño chiquito en la tienda haciendo berrinche. Su mamá solía irse en cuanto él se tiraba en el suelo, no le quedaba más remedio que ir tras ella. En aquellos divinos días su mamá no lo recogía, hoy tampoco lo haría. Nadie lo haría.

Pagó. En cuanto se levantó se mareó y el mundo se volvió inestable. Como pudo llegó a la salida, batalló para encontrar su carro, abrirlo y encender el motor fue igual de batalloso. El recuerdo de aquella casa se calentó y lo obligó a conducir en aquella dirección. La noche estaba cayendo, era ese corto lapso de tiempo en el que bien podías tener las luces encendidas o no. Pero a los veinte minutos se hizo obligatorio prenderlas. Con dos o tres rayadas de madre -patrocinio de otros conductores que le reprocharon su forma de manejar- llegó a la contraesquina de su casa.

Su corazón se volvió tan pequeño que pensó que desaparecería y se quedaría un hoyo en el pecho. La garganta se le cerró tan fuerte y de repente que casi se ahogó. Lloró al tratar de asimilar aquello que estaba viendo, el horrendo, triste y lúgubre paisaje en el que se transformó su hogar.

Aquella bonita casa pintada de amarillo, color que su madre adoraba, estaba llena de feos intentos de grafitis, no esas pinturas bonitas y artísticas que a veces se ven en paredes, sino los rayones feos que se usan para “marcar territorios”. Uno sobrepuesto de otro y de diferentes colores que casi ni se notaba ese amarillo que su mamá había elegido. Las ventanas estaban quebradas y tapiadas, donde estaba la cochera ahora había un portón negro -también rayado- y cerrado, la luz salía por la abertura de debajo. El sonido de la música estridente saturaba el ambiente tranquilo de la calle. Esa casa le ponía el negrito en el arroz a la colonia. ¿Qué dirían sus padres si vieran esa decadente escena? Se volverían a morir, de seguro. Y todo por su culpa, por no saber sobreponerse a los golpes, por huir de sus responsabilidades, por no cuidar lo bonito que le quedaba y concentrarse en lo malo.

Allí, entre recuerdos y dolorosos cargos de consciencia, se bebió la media botella que de vodka que tenía arrumbada bajo el asiento del auto, al lado de la pistola. El frío metal del arma lo asustó, ya no recordaba cuándo fue la última vez que le dio mantenimiento. Solo la había disparado tres veces y eso para afinar puntería. Luego, afortunadamente, no había sido necesaria. 

Cuando arrancó el carro la noche había caído por completo, el mundo era un lugar oscuro, frío y borroso. Tomó el periférico sur, el menos vigilado por los tránsitos, según recordaba. Allí se bajó y compró un par de botellas, la chica que lo atendió lo vio en mal estado y se asustó. Él fue callado y le dio tres billetes, seguramente mucho más de lo que costaba, pero así esperaba comprar su silencio. Un acuerdo implícito. La chica sonrió -aunque no dejó de estar atenta- al ver el dinero.

En el auto tomó un largo trago. Diego se sumergió más profundo en la embriaguez. El mundo ahora dejó de tener límites visibles, la velocidad del tacómetro aumentó, dejó de importar. La ciudad había crecido, la última vez no estaban estas colonias tan al sur. Según recordaba, la gasolinera era la última edificación antes de tomar la carretera, ahora se veía una colonia hasta donde alcanzaba la vista. Había tráfico, tanto que habían puesto semáforos que antes no se necesitaban. De hecho, se había pasado uno, y casi había chocado con un camión urbano, entonces ya había rutas. Sintió el pie pesado, aceleró. Recordó que no se había puesto el cinturón de seguridad, tuvo el impulso de ponérselo, pero su cuerpo no lo obedecía. Primero jaló muy fuerte el cinturón y el retractor no lo liberó. Volteó a verlo y cuando volvió la vista tuvo que dar un volantazo pues un rutero se había frenado, por suerte no iba nadie en el otro carril. Suspiró, eructó y tomó el carril por el que venía el rutero. Pasaron tres minutos hasta que lo volvió a intentar. Tres minutos en los que el auto avanzó zigzagueando. El segundo intento tampoco fue el bueno, no podía encontrar la ranura, miró hacia abajo, escuchó y sintió el clic cuando quedó fijado. Diego levantó la vista solo para ver el horror.

Los faros del carro alumbraron un par de figuras, una más alta que la otra. Venían corriendo desde el otro lado de la carretera. Diego no tuvo tiempo para pensar en tratar de esquivar el golpe. El auto los impactó a toda velocidad. Se detuvo veinte metros más del accidente. El faro izquierdo alumbraba el terreno con maleza. Diego sintió un tirón en el pecho, tendría la marca del cinturón durante varios meses. El dolor lo invadió y su cerebro enfocó, de alguna manera quería asimilar la situación. La cabeza le zumbaba como nunca antes, se vomitó encima, las manos le temblaban de nervios. Levantó la vista y enfocó.

 El parabrisas estaba cuarteado, salpicado de sangre. En el centro del impacto había pedacitos de huesos, cabello y algo gelatinoso. Vomitó otra vez cuando comprendió que -una pequeña parte de- el cerebro de otra persona estaba en el parabrisas de su auto. Como pudo se bajó, ahora sí el cinturón fue dócil y se dejó liberar. Batalló un poco para abrir la puerta. El carro se apagó, aunque el faro izquierdo siguió encendido. El lado derecho estaba destrozado, era una zona de plásticos y fierros retorcidos. Había sangre por toda el área, y otros fluidos del cuerpo, un pedacito de mezclilla azul colgaba de la parte de abajo del radiador. El pavimento se llenó rápido de agua y aceite, quizá también de gasolina. Diego se sorprendió al descubrir que el dolor del pecho era lo más grave que padecía. Le dolía el pie izquierdo, pero podía soportarlo. Delante, a unos diez metros se alcanzaba a distinguir dos cuerpos tirados sobre la cinta asfáltica, vomitó otra vez. Vio luces de carros que se aproximaban. Tenía que huir. Había matado a dos personas. Era un cobarde…

 

Pasó una noche de perros. Caminó paralelo a la carretera, veía pasar los muebles a unos cincuenta metros. Estaba asustado. Decepcionado. En shock. Mientras huía escuchó y vio las luces de los cuerpos de emergencia, ambulancias y policías… Avanzaba casi a gatas con el miedo de ser descubierto. Encontró una formación de piedras que casi llegaba a ser una pequeña cueva. Allí pasó la noche. Temblando, con hambre, dolor y sed. Cargos de consciencia. Reproches a sí mismo. Repasando sus errores desde siempre, pero en específico en ese maldito día. Desde que se levantó repasó -lo más que pudo- sus acciones y los hubiera lo atacaron sin piedad.

Hubiera dejado de tomar. Hubiera tomado otra dirección. No hubiera ido a la ciudad. Si se hubiera detenido en la primera cantina. Si hubiera abandonado la idea de ver la casa de nuevo. Si se hubiera quedado en el cementerio y nada más. Si hubiera podido saberlo… Si hubiera fijado el cinturón desde la primera vez. Si hubiera estado atento. Si algo hubiera sido diferente…

Ahora era un criminal. Un prófugo. Un asesino. Sin intención o no eso no lo eximía de la responsabilidad. Había quitado la vida a dos personas. Sus manos estaban manchadas de sangre. Su madre lloraba sangre por él, su padre le gritaba que se hiciera responsable, que se entregara, que le diera calma a su alma… Rostros sin expresión que le quitaban la poca cordura que le quedaba. Y ellas… Al menos la persona mayor era mujer, recordó que vio cabello largo antes de que todo acabara. ¿Quiénes serían? ¿Cómo serían?

Él era el que debería estar muerto, tirado en el pavimento y no allí, escondido como el cobarde que era, en el patético ser en el que se había convertido….

No supo en qué momento se quedó dormido, pero despertó y la cruda moral era peor que la del alcohol. Maldita bebida ¡por el trago se convirtió en asesino! Caminó a la carretera hasta que un buen samaritano le dio rait a su ciudad. Pensó que era una persona en situación de calle y le ayudó. El chofer del tráiler le dio un poco de dinero. Aun había buenas personas en el mundo, Diego ya no era una de ellas. Una cosa es ser un ermitaño y otra es haber arrebatado la vida a dos personas.

Había hecho daño… Tomó un camión de la periferia hasta un lugar cercano a su casa. Por suerte conservaba las llaves. Los pies le dolían como nunca antes. Estaba cansado. Llegó a bañarse con agua fría. Lloró quien sabe cuanto tiempo. Mientras comía una hamburguesa del McDonalds tomó la decisión de huir. Otra vez. Igual, pero diferente. Tenía qué hacer un cambio y deshacerse del alcohol y el vicio era el primero. No quiso pasar otra noche allí por miedo a que lo encontraran. Compró una pequeña maleta y metió allí ropa y dinero. No tenía muchos documentos, y eso era bueno, tenía que desaparecer. Lo siguiente que pensó era en conseguir un trabajo que no pidieran mucha papelería ni referencias. Seguramente no ganaría la millonada, pero sí lo suficiente (si se administraba bien) para vivir tranquilo.

Vio las noticias, fueron dos mujeres -madre y niña- a las que él les arrebato la vida en aquella noche de abril. Desde que vio los cuerpos en las fotos (solo se veían los pies y el cuerpo cubierto con sábanas blancas) no pudo dormir más de una hora seguida. Soñaba con rostros ensangrentados, caras sin expresiones, rostros borrosos que le susurraban cosas de odio. <<¡Asesino!>> era la palabra que más se repetía.

Encontró un departamento -por no decir un cuarto- en una colonia peligrosa, pero era barato. Trabajó como ayudante de carpintería hasta que decidió que tenía que tener otra fuente de ingresos porque no le iba a alcanzar. La única forma de hacer más llevadero los días era escribir de aquel crimen que cometió sin saber que algún día eso sería la base para una futura carta de confesión. Al menos que un par de homicidios se resolvieran…

Casi no podía dormir por la culpa.

A los seis meses le compró un carro a un amigo del dueño de la carpintería. Se lo dejó a cuotas, le quedó debiendo la menor parte y por eso se le acabó el dinero. La tienda de ropa que estaba a diez cuadras estaban solicitando personal de intendencia para el turno de noche. ¿Qué tan difícil podía ser?

-J. A. Valenzuela

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