“Tarde o temprano nuestros actos nos alcanzan. La vida
nos responsabiliza por aquellos delitos que quedaron impunes ante el sistema
judicial. O eso quiero creer”
- J. A. Valenzuela
Diego Morales Zubia estaba estudiando en la preparatoria
cuando su padre falleció. Esa fue la primera vez que sintió que la vida no era
justa. ¿Por qué un hombre que se dedicaba a hacer el bien, a salvar y ayudar a
los demás tenía que fallecer? Un bombero que murió por falta de equipos
adecuados mientras el presidente municipal inauguraba obras inútiles para salir
bien en las fotos. ¿De qué servía que en la entrada de la ciudad hubiera una
escultura cuando los que exponían la vida no contaban con equipo profesional ni
salarios dignos? ¡Ah! Pero cuando había incendios en los cerros cercanos allí
sí se les juzgaba con frialdad, como si el fuego respetara los deseos de
aquellos que se quejan y no ayudan nada. Su papá falleció combatiendo el
incendio mientras las autoridades se divertían en aquel concierto gratuito que
de gratis no tenía nada. Los impuestos pagaron el espectáculo.
Pero su padre moría por la falta de máscaras que filtraran
el dióxido de carbono. Si tan solo un pequeñísimo porcentaje de aquellos
eventos que presumían en redes sociales, periódicos y televisión se hubiera
usado para comprar uniformes, para arreglar carreteras e invertir en maquinaria
para actuar en emergencias…
Fue la primera gran decepción de su vida. Su padre yacía
en el cementerio mientras el presidente daba un discurso en su honor.
¡Hipocresía! Tanto que se pudo haber evitado… Esa fue la primera vez que sintió
el verdadero dolor.
Él y su madre se quedaron solos. El risorio dinero que le
dieron a su madre a modo de compensación por el cuerpo de su padre se
terminaría muy pronto. ¿Así le pagaba el gobierno? Un cheque, una placa que se
llenaría de polvo y un discurso apresurado dicho solo para dar la imagen de
empatía. Y aquellos que podían hacer algo para cambiar las cosas, para evitar
que otros padres, hijos y hermanos perecieran por la falta de equipamiento,
aquellos lo olvidaron de un día para otro…
Tuvo que trabajar para ayudar con los gastos y no solo para
comprarse sus cosas, como la mayoría de sus compañeros. Un amigo cuyo padre
tenía un autolavado le abrió las puertas al mundo laboral. Allí comenzó a
trabajar por las tardes. Su madre consiguió empleo como cocinera en un
restaurante. Trabajaba todo el día por lo que casi toda la tarde Diego era
libre de supervisión materna. Al principio todo fue bien, era juicioso,
responsable. Un buen chico. Pero pronto los riesgos, las opciones de todo
adolescente comenzaron a rondarlo. Una cerveza, un cigarro de vez en cuando.
Todos lo hacían, no había nada de escandaloso. Su mamá no se dio cuenta al
principio, pero cuando le llegaron los rumores comenzó a investigar. El aroma,
junto con su comportamiento, lo descubrieron. Al principio rehuyó a los regaños
de su madre, pero muy rápido le molestó que lo tratara de controlar en lo más
mínimo.
Fue una etapa difícil. Su
pobre madre aceptó que tuviera esos comportamientos. ¿Qué podía hacer? No
estaba con él en gran parte del día y, además, si su madre se ponía pesada él
dejaba de darle una parte del dinero que ganaba lavando carros. Pronto llegó el
primer acercamiento a las drogas: los cigarros de marihuana. No era la gran
cosa, seguía sin ser la gran cosa…
Apenas terminó la
preparatoria. Las buenas calificaciones cayeron a pique al igual que el
expediente disciplinario. Comenzaron las peleas, faltas de respeto a los
profesores y las noviecitas. Cosas comunes, hasta cierto punto. Diego siempre
sintió que a nadie le importaba lo que le sucedía, salvo a su madre. E
irónicamente era con la que más tenía desencuentros. No tenía ganas de estudiar
una carrera, faltaba el dinero y no sabía qué quería hacer con su vida ¿Qué
muchacho de 17 años lo sabe?
En una plática un poco subida
de tono, le informó a su madre que se tomaría un año sabático para trabajar y
ahorrar todo el dinero que pudiera. Aunque su mamá sabía que no podía reprimirlo,
no del todo. El dinero que le daba la ayudaba bastante, y, con el paso del
tiempo, le dio más. Diego le dijo a su madre que era más útil ganando dinero
que perder el tiempo en dos semestres de una carrera que muy probablemente no le
gustaría.
Por conformidad o conveniencia,
su madre aceptó. Durante los primeros cinco meses después de esa decisión
comenzó a ser más aficionado a la cerveza y tabaco, la marihuana casi no le
gustaba porque aunque se reía a lo estúpido, también estaba más perdido y eso
no le gustaba, prefería estar lúcido. Aprendió que en esas ocasiones los que se
mantenían atentos podían aprovechar la situación. Así se metió en el negocio de
comenzar a vender yerba. Por suerte, el lavado de carros atraía a todo tipo de
personas, y entre más conoces, más probabilidades de conocer a alguien que la
comprara. Y los conoció. Llegó un poco más de dinero, pero también mucho
mayores peligros. A veces iban los policías a dar rondines y los nervios lo
consumían al punto de casi querer vomitar. Así fueron las primeras veces.
Una noche su mamá platicó con
él. Parecía entender poco a poco que quizá no era tan mala opción -temporal-, siempre
y cuando regresara a la universidad en el siguiente inicio de año escolar. Esa
noche notó que su madre estaba cada vez más envejecida, más de lo normal, desde
lo de su papá parecía haberse avejentado treinta años por lo menos. No le quiso
mencionar nada, pero se veía demacrada, cansada…
Al mes de esa plática su mamá se puso mala. Diego estaba
repartiendo algunas onzas mientras una compañera del restaurante la llevó a urgencias.
Cuando Diego recibió la noticia estaba tirado en el sillón de su casa. De las
pocas veces que decidió prender un gallo. Estaba muy estresado, dos diferentes
barrios de cholos que le compraban y cada uno quería exclusividad. Decían que
su producto era bueno así que se le hizo fácil probar aquello y de paso,
desestresarse. La vecina casi tumbó la puerta, Diego no había escuchado el
teléfono.
Resulta que a su mamá se le inflamó el apéndice y
tuvieron que operarla. La recuperación fue difícil. Diego se decidió por un
barrio, era los que parecían ser más fuertes, y el otro se enojó porque le
quitaron la mercancía. Tuvo que trabajar más para ganar dinero mientras su
madre estaba incapacitada. Pero no era mucha la ganancia y necesitaba más. El
dueño del autolavado descubrió en qué andaba y lo corrió, no quería problemas.
Así comenzó a robar autopartes, estéreos, faros, tapas,
espejos y cualquier cosa que se pudiera quitar pronto y tuviera buen mercado. El
tipo al que se los vendía tenía un yonque, como a todo primerizo, lo novateó
pues le compraba las piezas muy baratas. Conoció más gente que le decía que lo
bueno no era tirar yerba ni autopartes, lo “gordo” estaba en los carros
completos, pero para eso necesitaría usar pistola…
El único problema era los cargos de consciencia que le
daba su madre, la pobre e inocente mujer estaba postrada en la cama, lamentándose
por su situación, con dolores y fiebres que iban y venían. Además, la herida no parecía mejorar, al
contrario, cada vez se enrojecía más.
La primera noche que iba por la pistola a casa de “El
Coco” el que sería su compañero de delitos,
Lo llevaron al hospital y cuando despertó le dijeron que
su mamá también estaba allí. Resulta que la misma vecina le dio la noticia,
cuando llegó su madre calentaba un té para el dolor. De la impresión se le
subió la presión y la herida le comenzó a sangrar. Ya en el hospital resulta
que su mamá tenía una infección postoperatoria. Era grave. Todo se complicó de
tal manera que ocurrió lo peor que pudo pasar.
Diego se quedó solo.
Los golpes en las costillas y la herida de la cabeza no
eran nada comparado con el dolor que sentía por estar sin su mamá. La última vez
que la vio estaba en el sillón, viendo la tele. Antes de salir le dio la
bendición y lo despidió con un beso en la frente a lo que él se quejó por ello.
Ya no era un niño y no necesitaba esas cosas ridículas.
¡Qué tonto fue! ¡Cuán rápido puede empeorar la vida!
¿Cuándo fue la última vez que le dijo algo lindo a su madre? No lo recordaba
¿Cuando falleció su padre? Después de allí fue todo en picado, problemas,
reclamos. Sobre todo, por su parte ¿Cómo fue tan idiota para reclamarle algo a
la mujer que se quedó sola y al frente de la casa? Fue una maravillosa mujer,
ojalá él hubiera sido un hijo mejor.
La vecina le ayudó a juntar dinero para juntar el dinero
para el funeral. Muchos fueron al servicio fúnebre, su mamá era muy querida. En
la mirada de aquellas tantas personas, tantas que no podía diferenciar algún rostro
en particular, esa muchedumbre sin cara lloraba o estaban en silencio. Ninguno
se atrevía a hablarle directamente, aunque de vez en cuando lograba discernir en
los murmullos frases aisladas.
<<Pobrecito, se quedó solo>>
<< ¿Qué va a ser de este chamaquito? Ya ves en qué
pasos anda>>
Cosas de ese estilo. Cuando terminó el sepelio algunos
familiares le ofrecieron su ayuda y muchos le dieron el pésame. Sabía que esas
ayudas eran de dientes para afuera. Desde que su papá falleció nadie se
apareció para estirar la mano, ni siquiera para ir a una comida con ellos. Los
dejaron solos. Y cuando su mamá se enfermó tampoco hubo muestras de apoyo, ni
siquiera por cortesía o para quedar bien delante de todos. Claro, todos tienen
problemas y el dinero no abunda por las calles, precisamente, pero…
¿Y ahora? ¿Qué iba a hacer sin su mamá?
Las reservas de comida fueron desapareciendo de a poco hasta
que no quedó nada pues Diego prefería comprar cerveza antes de comestibles. Se
llenaba de alcohol, se calentaba con el líquido que lo aturdía y sumía en esa
inconsciencia placentera. Pronto se olvidaba de todo.
Por una noche porque al despertar recordaba lo jodido que
estaba. Solo, sin padres, sin trabajo, sin mercancía y al parecer sin socios… Le
habían ido a tocar la puerta muy fuerte para abastecerle de yerba. Incluso sus clientes
habituales fueron a exigirle que les vendiera. Todos había tenido alguna
pérdida, madres, padres, amigos, primos o amigos se habían ido de diferentes formas
así que no era especial. “Que se alivianara” le aconsejaban todos y que le
entrara a la vida. No se podía pasar la vida acostado en el sillón tomando
cerveza, lo cual no era del todo cierto pues no tomaba cerveza, ahora era
aficionado a las botellas, de whisky o vodka, incluso al licor de caña, que era
más barato.
Comenzó a vender las cosas de sus papás para pagar lo básico.
Alguna que otra comida, pero, sobre todo, botellas. El señor de la tienda lo
conocía y sabía que no tenía la edad legal y se aprovechaba de ello: le vendía
más caras las botellas.
Llegó a tal punto que no se bañaba y aunque no le salía mucha barba, ya se le notaba cierta pelusa en las mejillas y el bigote. La vecina dejó de ir pues casi nunca le abría, y cuando lo hacía, era grosero. Los que nunca se pararon por allí fueron los tíos, aquellos que tanto les gustaba regañarlo en las comidas familiares cuando vivía su padre. Esos tíos que siempre se metían en su vida y le decían que estaba alelado, ahora ni se paraban por la casa. Hipocresías.
Todos tenían una opinión para criticarlo, pero ninguna
mano para ayudarlo.
Al año del fallecimiento de su madre la casa estaba casi en estado de abandono. Casi ningún mueble pues ya los había vendido todos. La universidad estaba más que descartada. Le habían cortado el agua y la luz, reconectó el agua y de la luz no se preocupaba. No necesitaba electricidad. La calle era más entretenida. Conoció la mayoría de la vida nocturna de los barrios, salvo aquellos en los que peligraba de más. Se metía en peleas, perdía la mayoría Estaba débil, no tenía mucha experiencia en eso de los golpes, y lo más terrible era que ya nada le importaba. Hasta sentía cierta adrenalina cada que recibía un golpe, como si se sintiera vivo ¿Qué más daba lo que le ocurriera? ¿A quién le importaba? Ciertamente a él no.
Vagando en las calles desiertas, en los oscuros callejones
y estando
Como sea, el mayor problema llegó cuando recibió una notificación
a su casa.
Acudió al llamado en los juzgados civiles. Resulta que el
que había iniciado el juicio fue uno de sus tíos, Mario, quien pretendía ser el
albacea, pues según
Diego no escuchó mucho más a partir de allí. El odio lo
invadió. Sentía que la bilis le subía por la garganta y le escocía la boca. La
cabeza le dolía, punzándole
Sin embargo, el eficaz aparato de la justicia había movido sus poderosos engranajes para quitarle la casa que compraron sus padres para el futuro de sus hijos (suerte que solo tuvieron uno). El avaro de tío, su maldito tío… Una mente maleada tienda a malearse más si no encuentra un buen motivo para revirar el curso. El tiempo libre, mal invertido, tiende a corromper el espíritu. Diego prefirió la venganza. Quería lastimar a su tío, más allá de meterle un susto o algo así, y quizá en tiempos anteriores hubiera pedido apoyo a El Coco, o tal vez a los cholos a los que les vendía marihuana, pero hoy estaba solo. Ya no tenía ningún contacto del lado “delincuencial”. Y eso, a veces se requiere para calmar a ciertas personas abusivas. Todos son valientes con los vulnerables.
Volvió a platicar con El Coco, quien, a pesar de que
estaba “sentido”, volvió a entablar pláticas con él. No le tenía la confianza
como para darle un arma, pero lo “invitó” a robar carros unas cuantas veces,
Diego aprendió cómo hacerlo. En una de las tantas noches le contó el problema
de la casa con su tío, El Coco pensó que le estaba pidiendo que se lo escabechara,
pero no, Diego tenía otra cosa distinta en mente.
Como la casa tenía cochera para dos carros, le convenía al negocio de El Coco, quien no solo se dedicaba al robo de autopartes o de carros completos, sino que también se había metido al a transportar droga. Metía los ladrillos encintados en aquellos lugares vacíos en donde se podían acomodar esos paquetes. La cosa es que, para acortar la historia y no contar mayores detalles. Diego le vendió la casa a El Coco, así sin más papeles que las escrituras de la casa y pagos de predial que su mamá había dejado en ese baúl de los papeles importantes.
El Coco sabía de los problemas de la casa, pero no le
tenía preocupación. ¿Qué iba a hacer el tal tío Mario? Lo iban a amenazar para
dejara el juicio y toda querella legal. O si no… Diego no quiso suponer qué le
pasaría a su tío si se llegaba a tal punto, pero no le importaba. Cero
consideraciones con los demás porque nadie los tuvo con él. Ya era problema de
alguien más. Tomó un carro -comprado en un seminuevo-, una compacta y preciosa pistola
Springfield Armory XD (cargador y recámara llena) que no tenía más de dos años
de uso, y cien mil pesos a cambio de la casa. Sí, era mucho menos al valor de
la casa, pero todo valía
Dejó su vieja vida atrás. Sabía que el dinero no le duraría
para siempre, y menos con el estilo de vida que llevaba. No había dejado la afición
a la bebida. Quizá ahora podía comprarse algunas botellas más caras, a ver si era
cierto que había diferencia o solo valía la etiqueta.
Las primeras semanas se quedó en un motel de paso que
había al lado de la carretera, alejada de la ciudad. Luego se mudó a una ciudad
cercana y comenzó a trabajar como taxista. Duró casi seis años trabajando en
varios sitios, y conoció la nueva ciudad como la palma de su mano, incluso las
brechas y atajos que había por la periferia.
La rutina que tenía era que llegaba a su casa, se
estacionaba, escondía la pistola bajo el pantalón y la playera -dejó de usar
camisas pues le daba pereza plancharlas-, cerraba todo bien y se metía al oasis
que representaba su “hogar”.
En ese transcurso de los años no regresó a su ciudad
natal. Lo único que quería era llevarle unas flores a la tumba de sus padres.
La casa no le importaba mucho, al fin y al cabo, era solo un lugar -hoy seguramente-
guarida de la delincuencia.
Caminó entre las lápidas, algunas estaban más cuidadas
que otras. Su corazón retumbó muy fuertemente cuando vio que la tumba de su
madre (quien había quedado al lado de la de su padre por mutuo acuerdo) estaba
llena de malezas, con la cruz descuidada y las letras borrosas.
Las cosas que se olvidan...
Completó la acción entre recuerdos borrosos, pero dolores
muy nítidos y cada vez más acentuados. Lloró por su madre, lloró por su padre, y
sobre todo, lloró por él ¿Era un cobarde por sentir lástima de sí mismo? ¿Era
tan débil como para autocompadecerse? Pues sí. Así que la tierra de las tumbas
de sus padres quedó bautizada con sus lágrimas y alguna ocasional gota de sangre.
Terminó como pudo de limpiar y acomodar las flores. No
tuvo el valor para hablar en voz alta todo lo que pensaba, pero el dolor
interno no dejaba que terminara un pensamiento cuando otro ya le había nacido.
Y todos apuntaban para la misma dirección: frustración.
Entre tantos pensamientos que bramaban en esa maraña de laberintos
enredados que era su mente, se sorprendió de mala manera al descubrir que casi
no podía recordar el rostro de sus padres. Esa mirada severa, pero llena de
comprensión y el bigote poblado que solía usar su padre se le estaba olvidando.
Y su madre, había olvidado su carita llena de amor y cariño, siempre dispuesta
a ayudar a todos. Tenía fotos de ellos, claro que sí, pero le dolió el corazón
el ser consciente de que, si no veía las imágenes de sus padres, ya no podía visualizarlos
con tanta nitidez.
Y no solo ellos, había olvidado el rostro y la voz de sus
amigos y familiares. Ahora todos los que conocía era una masa de gente sin
rostro definido. ¿Hasta qué punto nuestra memoria se olvida de aquellos que
forjaron nuestra vida? Pero sobre todo ¿Cómo es posible que el cerebro sea tan malo
con nosotros mismos?
Dejó el camposanto y salió directo hacia una licorería. El
mundo se veía menos jodido cuando estaba en ese estado de ligera incorporeidad cuando
el cuerpo se siente liviano y la consciencia se duerme. ¡Ah! Relajación pura.
Durante la tarde entró a una cantina y bebió más allá de
la ligereza mental, entró a la pesadez. Dicen los que saben que cuando uno
batalla para en mover la lengua y las palabras se tropiezan una con otra es
hora de dejar el trago, pues más allá está el terreno de la embriaguez que nos
habla en murmullos, casi con caricias en esa voz aterciopelada. Nos recibe con
los brazos abiertos y es tan cómodo el entrar allí, tan seductor ese espacio lleno
de nada, el vacío… Un vacío donde el mundo desaparece, y eso, para algunos, es
mucho mejor que cualquier cosa.
Algunos tipos se le acercaron a platicar, típico comportamiento
de visitantes habituales de tales establecimientos, pero descubrieron que el
tipo que estaba en la parte más alejada de la barra no tenía buena plática,
apenas contestaba y nunca dejaba de mirar hacia el frente, síntoma de profunda introspección.
Lo dejaron en paz, todos sabemos cuándo no queremos ser molestados, esa tarde era
para él y lo que fuera que estuviera tomando.
Diego miraba al frente porque trataba de enfocar los
buenos momentos que tuvo, aquellos pequeños espacios en los que fue feliz y la
sonrisa era asidua visitante a su cara. Y ahora ya no podía recordar cuándo fue
la última vez que soltó una carcajada. Había olvidado el sonido de la felicidad,
de su alegría…
Una mancha difusa de rostros desdibujados, de pensamientos difusos y abstractos que enturbiaban su espíritu ya desmejorado y grisáceo. Tales pensamientos llegaron a un punto de origen, ese lugar que marcaba el cero en el plano cartesiano: su casa. Aunque ya no era suya allí fue el sitio donde creció y pasó tantos momentos con sus padres. <<Mamá, papá -pensó con la tristeza de un alma quebrada, resignada al sufrimiento y la soledad, un alma que rogaba por comprensión y acompañamiento, un alma que convivía con su peor miedo: el abandono y la soledad-, los extraño tanto. Cambiaría toda mi vida por estar con ustedes otra vez.>>
Y al pensar esto, lágrimas rodaron por sus mejillas coloradas
y calientes por el alcohol. Le dio vergüenza saber que los demás notaran su
debilidad. Como si fuera un niño chiquito en la tienda haciendo berrinche. Su mamá
solía irse en cuanto él se tiraba en el suelo, no le quedaba más remedio que ir
tras ella. En aquellos divinos días su mamá no lo recogía, hoy tampoco lo haría.
Nadie lo haría.
Pagó. En cuanto se levantó se mareó y el mundo se volvió
inestable. Como pudo llegó a la salida, batalló para encontrar su carro,
abrirlo y encender el motor fue igual de batalloso. El recuerdo de aquella casa
se calentó y lo obligó a conducir en aquella dirección. La noche estaba
cayendo, era ese corto lapso de tiempo en el que bien podías tener las luces
encendidas o no. Pero a los veinte minutos se hizo obligatorio prenderlas. Con
dos o tres rayadas de madre -patrocinio de otros conductores que le reprocharon
su forma de manejar- llegó a la contraesquina de su casa.
Su corazón se volvió tan pequeño que pensó que
desaparecería y se quedaría un hoyo en el pecho. La garganta se le cerró tan
fuerte y de repente que casi se ahogó. Lloró al tratar de asimilar aquello que
estaba viendo, el horrendo, triste y lúgubre paisaje en el que se transformó su
hogar.
Aquella bonita casa pintada de amarillo, color que su
madre adoraba, estaba llena de feos intentos de grafitis, no esas pinturas
bonitas y artísticas que a veces se ven en paredes, sino los rayones feos que
se usan para “marcar territorios”. Uno sobrepuesto de otro y de diferentes
colores que casi ni se notaba ese amarillo que su mamá había elegido. Las ventanas
estaban quebradas y tapiadas, donde estaba la cochera ahora había un portón
negro -también rayado- y cerrado, la luz salía por la abertura de debajo. El
sonido de la música estridente saturaba el ambiente tranquilo de la calle. Esa
casa le ponía el negrito en el arroz a la colonia. ¿Qué dirían sus padres si
vieran esa decadente escena? Se volverían a morir, de seguro. Y todo por su
culpa, por no saber sobreponerse a los golpes, por huir de sus responsabilidades,
por no cuidar lo bonito que le quedaba y concentrarse en lo malo.
Allí, entre recuerdos y dolorosos cargos de consciencia, se
bebió la media botella que de vodka que tenía arrumbada bajo el asiento del
auto, al lado de la pistola. El frío metal del arma lo asustó, ya no recordaba
cuándo fue la última vez que le dio mantenimiento. Solo la había disparado tres
veces y eso para afinar puntería. Luego, afortunadamente, no había sido necesaria.
Cuando arrancó el carro la noche había caído por completo, el mundo era un lugar oscuro, frío y borroso. Tomó el periférico sur, el menos vigilado por los tránsitos, según recordaba. Allí se bajó y compró un par de botellas, la chica que lo atendió lo vio en mal estado y se asustó. Él fue callado y le dio tres billetes, seguramente mucho más de lo que costaba, pero así esperaba comprar su silencio. Un acuerdo implícito. La chica sonrió -aunque no dejó de estar atenta- al ver el dinero.
En el auto tomó un largo trago. Diego se sumergió más
profundo en la embriaguez. El mundo ahora dejó de tener límites visibles, la
velocidad del tacómetro aumentó, dejó de importar. La ciudad había crecido, la
última vez no estaban estas colonias tan al sur. Según recordaba, la gasolinera
era la última edificación antes de tomar la carretera, ahora se veía una
colonia hasta donde alcanzaba la vista. Había tráfico, tanto que habían puesto
semáforos que antes no se necesitaban. De hecho, se había pasado uno, y casi había
chocado con un camión urbano, entonces ya había rutas. Sintió el pie pesado,
aceleró. Recordó que no se había puesto el cinturón de seguridad, tuvo el impulso
de ponérselo, pero su cuerpo no lo obedecía. Primero jaló muy fuerte el
cinturón y el retractor no lo liberó. Volteó a verlo y cuando volvió la vista
tuvo que dar un volantazo pues un rutero se había frenado, por suerte no iba
nadie en el otro carril. Suspiró, eructó y tomó el carril por el que venía el
rutero. Pasaron tres minutos hasta que lo volvió a intentar. Tres minutos en
los que el auto avanzó zigzagueando. El segundo intento tampoco fue el bueno, no
podía encontrar la ranura, miró hacia abajo, escuchó y sintió el clic cuando
quedó fijado. Diego levantó la vista solo para ver el horror.
Los faros del carro alumbraron un par de figuras, una más
alta que la otra. Venían corriendo desde el otro lado de la carretera. Diego no
tuvo tiempo para pensar en tratar de esquivar el golpe. El auto los impactó a
toda velocidad. Se detuvo veinte metros más del accidente. El faro izquierdo
alumbraba el terreno con maleza. Diego sintió un tirón en el pecho, tendría la
marca del cinturón durante varios meses. El dolor lo invadió y su cerebro enfocó,
de alguna manera quería asimilar la situación. La cabeza le zumbaba como nunca
antes, se vomitó encima, las manos le temblaban de nervios. Levantó la vista y
enfocó.
Pasó una noche de perros. Caminó paralelo a la carretera,
veía pasar los muebles a unos cincuenta metros. Estaba asustado. Decepcionado.
En shock. Mientras huía escuchó y vio las luces de los cuerpos de emergencia,
ambulancias y policías… Avanzaba casi a gatas con el miedo de ser descubierto.
Encontró una formación de piedras que casi llegaba a ser una pequeña cueva.
Allí pasó la noche. Temblando, con hambre, dolor y sed. Cargos de consciencia. Reproches
a sí mismo. Repasando sus errores desde siempre, pero en específico en ese
maldito día. Desde que se levantó repasó -lo más que pudo- sus acciones y los
hubiera lo atacaron sin piedad.
Hubiera dejado de tomar. Hubiera tomado otra dirección.
No hubiera ido a la ciudad. Si se hubiera detenido en la primera cantina. Si hubiera
abandonado la idea de ver la casa de nuevo. Si se hubiera quedado en el cementerio
y nada más. Si hubiera podido saberlo… Si hubiera fijado el cinturón desde la
primera vez. Si hubiera estado atento. Si algo hubiera sido diferente…
Ahora era un criminal. Un prófugo. Un asesino. Sin
intención o no eso no lo eximía de la responsabilidad. Había quitado la vida a
dos personas. Sus manos estaban manchadas de sangre. Su madre lloraba sangre
por él, su padre le gritaba que se hiciera responsable, que se entregara, que
le diera calma a su alma… Rostros sin expresión que le quitaban la poca cordura
que le quedaba. Y ellas… Al menos la persona mayor era mujer, recordó que vio cabello
largo antes de que todo acabara. ¿Quiénes serían? ¿Cómo serían?
Él era el que debería estar muerto, tirado en el
pavimento y no allí, escondido como el cobarde que era, en el patético ser en
el que se había convertido….
No supo en qué momento se quedó dormido, pero despertó y la
cruda moral era peor que la del alcohol. Maldita bebida ¡por el trago se convirtió
en asesino! Caminó a la carretera hasta que un buen samaritano le dio rait a su
ciudad. Pensó que era una persona en situación de calle y le ayudó. El chofer
del tráiler le dio un poco de dinero. Aun había buenas personas en el mundo,
Diego ya no era una de ellas. Una cosa es ser un ermitaño y otra es haber
arrebatado la vida a dos personas.
Había hecho daño… Tomó un camión de la periferia hasta un
lugar cercano a su casa. Por suerte conservaba las llaves. Los pies le dolían como
nunca antes. Estaba cansado. Llegó a bañarse con agua fría. Lloró quien sabe cuanto
tiempo. Mientras comía una hamburguesa del McDonalds tomó la decisión de huir.
Otra vez. Igual, pero diferente. Tenía qué hacer un cambio y deshacerse del
alcohol y el vicio era el primero. No quiso pasar otra noche allí por miedo a que
lo encontraran. Compró una pequeña maleta y metió allí ropa y dinero. No tenía
muchos documentos, y eso era bueno, tenía que desaparecer. Lo siguiente que
pensó era en conseguir un trabajo que no pidieran mucha papelería ni referencias.
Seguramente no ganaría la millonada, pero sí lo suficiente (si se administraba
bien) para vivir tranquilo.
Vio las noticias, fueron dos mujeres -madre y niña- a las
que él les arrebato la vida en aquella noche de abril. Desde que vio los
cuerpos en las fotos (solo se veían los pies y el cuerpo cubierto con sábanas
blancas) no pudo dormir más de una hora seguida. Soñaba con rostros
ensangrentados, caras sin expresiones, rostros borrosos que le susurraban cosas
de odio. <<¡Asesino!>> era la palabra que más se repetía.
Encontró un departamento -por no decir un cuarto- en una
colonia peligrosa, pero era barato. Trabajó como ayudante de carpintería hasta
que decidió que tenía que tener otra fuente de ingresos porque no le iba a
alcanzar. La única forma de hacer más llevadero los días era escribir de aquel
crimen que cometió sin saber que algún día eso sería la base para una futura
carta de confesión. Al menos que un par de homicidios se resolvieran…
Casi no podía dormir por la culpa.
A los seis meses le compró un carro a un amigo del dueño
de la carpintería. Se lo dejó a cuotas, le quedó debiendo la menor parte y por
eso se le acabó el dinero. La tienda de ropa que estaba a diez cuadras estaban
solicitando personal de intendencia para el turno de noche. ¿Qué tan difícil podía
ser?
-J. A. Valenzuela
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