Los sinrostro

     


El propósito de este relato es solamente narrativo y creativo, y NO pretende otro fin más que el de entretener. Cualquier parecido con personas, lugares y situaciones son mera coincidencia. Algunas escenas pueden contener elementos que resulten inquietantes o emotivamente intensos para ciertos lectores, se recomienda discreción.

   

 La primera vez que percibió el macabro movimiento pensó que era una ilusión producto de la fatiga, culpa, remordimientos, miedos... Estaba cansado, otro turno con sueño, otra noche acomodando esos extraños maniquíes que parecían jugar con él... Un juego mental que no terminaría nada bien.

    Diego trabajaba en una tienda de ropa, esos almacenes estilo "Suburbia" o "Liverpool". Tenía el turno nocturno por lo que su labor era limpiar y pulir el piso de la tienda, así como mantener limpias todas las áreas del segundo piso en donde los clientes no tienen acceso. bodegas, oficinas, comedor y baño para empleados, etc.

    La primera noche le previnieron sobre lo solitario de su trabajo. Estaría completamente solo -el único guardia estaría en la caseta exterior- y casi encerrado, salvo la puerta de emergencia que era la única salida durante la noche. <<Las únicas veces que estará alguien aquí será cuando vengan albañiles, técnicos, electricistas o cosas por el estilo. Ah, y también cuando haya inventario, pero no es muy común.>> le dijo la chica que le daba el tour por las instalaciones. 

    <<Bueno, casi siempre ellos te harán compañía>> remató con una risita que no pareció del todo inocente. Figuraciones suyas, claro, pero era extraño ver aquellas formas que parecían humanas. Diego se estremeció con aquello, sin embargo, no le puso atención, se concentró en el trabajo. Necesitaba ese segundo empleo. Bendita economía, pero, sobre todo, para conservar la poca salud mental que le quedaba.

    Distracciones.

    Para la cuarta noche Diego ya tenía muy estructurada la rutina: al llegar checaba la entrada, platicaba un poco con Javier -el guardia que salía a las once, Diego entraba a las diez y la plaza en donde estaba la tienda cerraba a las nueve- mientras el uno se alistaba para irse a su casa y el otro apenas comenzaba turno. Se ponía el uniforme -un overol color azul marino-, tomaba las llaves del cuarto de limpieza y lo abría. Allí había una hoja de trabajo que su compañero del turno anterior amablemente le había dejado. Nada más que un par de líneas con las indicaciones más relevantes, por lo demás, Diego ya sabía qué tenía qué hacer. Daba una mechoneada por toda la tienda, si tenía tiempo -y ganas- pasaba un plumero o algún trapo para limpiar ciertos lugares desatendidos y que a la luz y calma de la noche se ven con mayor claridad.

    Luego de aquello, vaciaba cestos, si es que hubiere alguno con basura para ir a sacar a "la ballena", una fregadora de suelos en forma de carrito de hot dogs a la cual le echaba agua y productos limpiadores. Pasaba la ballena por todos los pasillos y áreas de exhibición con la fiel compañía de los maniquíes sin rostro que estaban vestidos con el último grito de la moda. Así no se veían tan extraños, los que eran más tétricos eran los del segundo piso, los que estaban en la bodega.

    Luego de terminar con la ballena, danzaba con "la bailarina", una pulidora de piso, haciendo el mismo recorrido bajo la misma mirada - ¿cómo aquellos maniquíes parecían mirar si no tenían ojos? ¿Cómo podía siquiera pensar que veían? Sin embargo, esa idea lo envolvió desde la primera noche que estuvo a solas con ellos- hipnotizante de las figuras plásticas. 

    Escuchaba música mientras hacia sus deberes y se la pasaba relativamente tranquilo hasta que tenía que subir al segundo piso. Le producía cierta tensión el piso superior, quizá por el juego de luces y sombras, ya que allí había menos iluminación y más espacios en semioscuridad.

    Y los maniquíes, esos malditos... No eran nada del otro mundo, las típicas formas plásticas de hombres, mujeres y niños en los que mostraban la ropa de moda. Estamos acostumbrados a verlos vestidos así que es algo incómodo ver a sus coberturas grisáceas, negras o peor aún, color cremita. 

    Lo peor eran esas cabezas sin rostro. Algo extraño ocurre cuando el cerebro sabe que le falta algo a esas formas humanas, imitaciones de vida, seres extraños que se mimetizan con un intento fallido de realidad.

    Los maniquíes se amontonaban en distintos pasillos, pues se guardaban según sus necesidades. Había "zonas" en las que estaban aquellos a los que le faltaban extremidades; entonces parecían tétricas estatuas de la época clásica. Les faltaban brazos, piernas, y, como no, la cabeza. Otros estaban completos, pero alguien por alguna razón les había pintado obscenidades de tal modo que no se podían limpiar o les habían vandalizado al arrancarle pedacitos o golpearlos. La gente hace cosas extrañas a figuras inertes, claro, ellos no te van a devolver el daño. 

    Los que tampoco podían devolver el daño eran... Dejó de pensar en ello.

    Sin embargo, todos y cada uno le causaban un rechazo que nacía de sus entrañas y se exteriorizaba en su piel, poniéndosela chinita. No es que tuviera miedo, pero el segundo piso le hacía pasar muy malos momentos.

    Así que, consciente de que todo estaba en su mente, Diego subía a veces cabizbajo para evitar ver el panorama directamente de frente, otras noches se sentía más seguro y subía con vista clavada en aquellas formas que proyectaban sombras fantasmagóricas.

    No pasaron ni dos semanas cuando lo notó por primera vez, casi pudo jurar que los maniquíes se movían. Trató de encontrarle una explicación lógica, claro está. Seguramente no sería más que un juego de luces y sombras, aunado al cansancio y también súmale que se la pasaba acompañado de esas figuras sin rostro. Era un mal chiste de su mente, un juego de un cerebro fatigado con químicos desequilibrados.

    Se preguntó si los que hacían su trabajo antes de él también "vieron" lo mismo, o algo parecido. Nunca preguntó qué le pasó a los que antes tenían su puesto, tampoco nadie hablaba de ellos. ¿Para qué? Las personas cambian de opiniones, amigos y mucho más seguido de trabajo. A Diego no le dieron advertencias, claro, recursos humanos nunca te dice por qué renuncian los empleados. Aunque, en este caso, no renunciaron en el sentido estricto de la palabra.

    Dolor, remordimientos...

   Tres semanas después de conseguir el empleo comenzó a estar realmente seguro de que los tétricos maniquíes, esos... sinrostro se movían de poco a poco. Las manos les cambiaban de posición, si estaban levantadas se trasladaban a la cadera; si estaban a la izquierda cambiaban a la derecha y viceversa. Ahora estaba convencido, los sinrostro se movían... 

    No lo comentó con nadie pues aún tenía la ligera esperanza de fueran figuraciones suyas. Era la primera vez que tenía dos trabajos y también la primera que laboraba de noche. Estaba estresado por pagar las cuentas. Maldita necesidad de dinero. Aquello eran ilusiones, tétricas sí, pero ilusiones, al fin y al cabo.

    Al mes de antigüedad ya dominaba todos los detalles de su trabajo. Diego tenía mucho tiempo para pensar en sus cosas, y hubo muchos asuntos personales que intentó resolver en sus reflexivas noches. Pronto descubrió que su consciencia le reclamaba aquello de lo que intentaba huir. Fue peor, odiaba escuchar a su mente.

    Sin embargo, esos constantes movimientos que pretendían ser tenues pronto se volvieron más notorios. Diego comenzó a ver cómo cambiaban de posición, no solo las extremidades sino todo el maniquí. Una vez, limpiando con el mechudo, se detuvo junto a una sinrostro que estaba al lado de la puerta de emergencia para quitar un pedazo de fibra que se había atorado, cuando se levantó la maniquí estaba a cinco metros de él. ¡Imposible! La puerta seguía allí, en el mismo sitio ¿Cómo se había movido tan rápido? ¡Santo Dios! ¿Cómo es que había asimilado el que se movieran? ¿Acaso ya se había resignado a las rarezas?

Sí.

No se había confundido, no lo estaba imaginando. Esas figuras estaban vivas, o al menos no eran los objetos inanimados que todos creían. Esa fue la primera vez que pidió ver el video de seguridad. Aprovecharía la buena relación con Javier. Sería un alivio ver el fenómeno grabado. Después se ocuparía de las posibles explicaciones, lo que Diego quería era ver la prueba fehaciente de que tenía razón. Sabía que la tenía, pero aun así...

Javier le mostró -después de muchas explicaciones sobre reglamentos y por qué no se debían enseñar los ángulos de las cámaras- lo que no esperaba: en el video se veía que el único movimiento lo hacía él. Los maniquíes continuaron en su posición, como todos veían (todos salvo él). El guardia intentó darle la explicación más lógica: <<cuando estás solo, a veces ves cosas, todos lo hacemos>>. Al verlo casi en shock se apresuró a agregar en tono compasivo: <<Oye, es necesario que no se lo digas a nadie, si creen que estás mal... buscarán otro intendente ¿me entiendes?>>

Diego asintió pensando en lo escuchado, quizá tenía razón. Necesitaba el dinero, una mala noche fue el motivo por el que arrojó todo por la borda y volvió a empezar. No quería pasar por eso de nuevo, además, solo fue un cambio de lugar, nada que lo hiriera.

Las noches se sucedieron una tras otra. Sus sueños diurnos estaban llenos de pesadillas. Compró cortinas que oscurecían su cuarto por completo. Ponía videos en YouTube para dormir, nada que ver con temas de terror, solo documentales de la Tierra y el universo. Las pesadillas no estaban influidas por esos videos, eran esos malditos maniquíes quienes lo provocaban Quería creer que era así. Se incrustaron en su mente, poco a poco, ahora no solo lo atormentaban en el trabajo, ya estaban en donde no se podían eliminar: en su mente.

En sus pesadillas los maniquíes tenían rostro, caras demoniacas e irreconocibles, rostros no humanos, pero que casi parecían. La calidad del sueño decayó conforme pasaba cada día. Dormía poco y mal. Cansancio, fatiga emocional. Ni siquiera pensaba, trataba de quedarse dormido entonces sus pensamientos se inundaban de maniquíes que lo rodeaban, hacían una especie de ritual donde él era el sacrificio. 

Curioso que soñara con ellos no con aquella noche de abril, con aquel accidente...

La peor pesadilla fue al casi cumplir los tres meses. El sueño no empezó de la manera usual, en donde estaba en el centro del círculo, amarrado de toda extremidad y desnudo. Cortes pequeños que le drenaban la sangre de a poco. La piedra en donde estaba amarrado recolectaba esa sangre -por medio de pequeños canales- de tal forma que, pasado cierto tiempo, llenaba unas copas cristalinas. De vez en cuando algún maniquí se acercaba a las copas, tomaba una y se la llevaba a la boca. A pesar de que la boca era una oquedad repleta de colmillos largos y no se abrió, la sangre de Diego entró en la figura plástica. La tétrica mancha de sangre se quedó en las comisuras.

Caníbales de plástico.

Pero esta pesadilla era diferente. No era el dispensador de sangre para esas sanguijuelas. En esta ocasión era el segundo en la fila, de modo que veía cómo la primera víctima -una mujer que no conocía- se retorcía aullando de dolor. Aullidos que casi arrancaban las cuerdas vocales y desgarraba el espíritu. Diego miraba aterrado, sabía que sería el siguiente en sufrir. 

¿Por qué? ¿Por qué ahora lo torturaban cuando antes solo lo enchufaban para vaciarle su sangre?

Siempre se despertaba cuando en el sueño se desmayaba por falta de líquido hemático. Comenzó a llorar y gritar como a la señora que torturaban. Los sinrostro tenían una forma curiosa de agarrar el machete y los cuchillos, no doblaban los dedos, se veían como una caricatura. Una oscura y sangrienta caricatura. La falta de articulación en los dedos no les impidió que cortaran manos y pies de la desgraciada mujer. Los gritos de la señora se volvieron súplicas de muerte. Lloraba sin fuerzas, sin ganas... ¿Cuánto dolor estaría sintiendo? ¿Qué tanto podía sufrir?

De pronto, apareció otro cuerpo más pequeño, cubierto con una sábana blanca. O en su momento fue blanca porque ahora era de rojo oscuro, la sangre parecía emanar de aquel cuerpo pequeño que no había visto. ¿Qué sucedía, en el nombre de Dios? Los brazos de los cuerpos sangrantes le apuntaron.

Diergo era el próximo.

La sangre manchaba el piso, las copas estaban tan llenas que derramaban sangre al suelo. Era demasiada sangre, demasiado dolor, demasiada violencia... Los maniquíes perdieron el interés en la señora quien se estremecía en espasmos violentos. Los sinrostro de fijaron en él. A pesar de que sus extrañas bocas circulares -parecidas a las de las sanguijuelas- eran rígidas, de alguna manera se las arreglaron para sonreírle. Una sonrisa burlona, maquiavélica, una sonrisa cruel.

Era su turno de morir, pero antes sufriría como no se imaginaba, como sufrieron ellos, la señora y el cuerpo cubierto. Los maniquíes se acercaron a él, extendiendo los brazos para agarrarlo. No se podía mover, no podía huir. Y ellos se acercaban...

 



La alarma lo despertó. Estaba empapado de sudor.

No era los primeros cuerpos que veía así, tirados en el pavimentado, deshechos y manchados de sangre. Él fue como esos maniquíes, asesino.

El remordimiento empeoró su situación. La culpa lo hundió en un miserable infierno. Uno merecido. Comenzó a ver cómo los maniquíes hacían sus movimientos en cuanto se quedaba solo. Al principio fue solo en el segundo piso, después en todos los demás lugares. Se cambiaban de sitio -como si no les gustara estar en donde los dejaban-, y la primera vez que los vio tan descarados, casi se le detuvo el corazón, hasta soltó la botella con jabón que sostenía la cual se quebró derramando el espeso líquido rosa por el suelo. Los maniquíes voltearon a verlo, o eso creyó. Las tétricas caras sin rostro parecían juzgarlo con una mirada que no tenían, los sinrostro pronto volvieron a sus asuntos ¡Como si un maniquí tuviera asuntos que resolver!

Se volvió un silencioso observador de esa sociedad de plástico que habitaba en aquel almacén de ropa. Dejó de pedir videos en búsqueda de evidencia que no existía. En los videos se veía a él y solo a él desempeñando sus funciones -aunque cada vez parecía más distraído- hasta el amanecer. El guardia le aconsejó silencio, ya era extraño que pidiera evidencia una sola vez, ahora, con más peticiones significaba que aumentaron las visiones <<ya no se trata solo de que te despidan aquí, si escriben el motivo de tu despido, no te darán trabajo en otro lugar ¿Quién va a contratar a alguien que alucina?>>

Las cuentas no esperan. Y él tenía que pagar la suya.

Cinco meses trabajando allí, así. Le nacieron grandes ojeras, en su piel aparecieron arrugas y el cabello comenzó a teñirse de un gris claro tirando a blanco. Las ganas se le diluían al ver cómo se burlaban de él. Esos malditos pedazos de plástico se convirtieron en sus compañeros de trabajo. Unos muy crueles y extraños, por cierto.

Los sinrostro comenzaron a comunicarse entre ellos. Así como suena de bizarro. Susurraban algo que no entendía, pero comprendía -de manera muy vaga- que aquellas murmuraciones que salían de unos seres sin boca, eran maquinaciones en su contra. Esos demonios de plástico se reunían en pequeñas cúpulas de poder, muy contentos en su empresa de no solo revelársele como macabros entes presentes y ausentes a la vez, sino también como resentidos que prohibían esa "comunicación" con alguien de carne y hueso.

Como aristócratas en la empresa, una empresa a la que no le importaba esos maniquíes estúpidos que en cualquier momento los pueden reemplazar -y de hecho lo hacían- con otros modelos más nuevos. ¡Ah! Pero ¿Qué sería del mundo sin tener a alguien a quien excluir? En cierto sentido, los maniquíes tenían algo de humanos, un intento de humanidad, lo peor de ella de hecho, lo peor de la suya.

No solo se mostraron ante él, ¡también lo hicieron a un lado! No conformes con comportarse -como si los maniquíes debieran "comportarse"- de una manera antinatural. ¡Ahora esos engendros plásticos del demonio se burlaban de una peor manera! Rechazándolo ¿Te imaginas presenciar un acto antinatural y siniestro y que no tengas formas de documentarlo? El que solo seas observador y no actor. 

Tampoco es que hubiese deseado ser partícipe de algo más paranormal, pero como todo humano, Diego sintió que avanzó -aunque hubiera sido por mero accidente- en tal acto y, que, por alguna arbitraria razón, se le negara la posibilidad de avanzar en ese misterio. Los humanos estamos impuestos a ver todo como un avance o una línea en la cual progresar y si te frenan en algún nos frustramos, sin importar en qué entorno te encuentres. Incluso sea en uno siniestro, como este...

A ojos de sus compañeros -los humanos-, guardias e incluso superiores, Diego que hacía un buen trabajo. Al principio fue excelente desempeñándose, pero como todo -y como todo todos- fue bajando su nivel de eficiencia. Aunque no podían recriminarle el que dejara de hacer algún encargo, sí se notó un cambio de actitud. Seguía siendo amable, pero en el límite de seriedad. De un Diego que llegaba preguntando a todos cómo estaban y se interesaba en esas charlas que muchos consideran banas, a contestar saludos y empezar su rutina en el más absoluto silencio; como si la operación necesitase la más profunda concentración.

Cuando la mente está gritando la boca suele ser silenciosa. Diego tenía miedo, le daba terror el pensar qué tipo de nueva alucinación -auditiva o visual- tendría durante el turno. No es que duraran las siete horas, pero el tiempo mental suele ser demasiado flexible y engañoso. Unos pocos segundos pueden sentirse como varias horas. Su corazón latía al ritmo de la muerte, de la culpa, de su irresponsabilidad y cobardía.

Las alucinaciones -pues ya estaba seguro de que solo él veía y escuchaba a esas cosas- se podían presentar a cualquier hora. Las peores -y que se repetían, pues ellos parecían saber de qué forma lo lastimaban más- eran las matutinas. Cuando pensaba que la noche había sido tranquila y libre de plásticos, ¡pum! allí estaban reunidos alrededor suyo. Murmuraban algo, como chismes provenientes de un infierno psicológico, no en ese lugar lleno de lagos de azufre y ríos de lava con el que tanto le gusta a la religión asustarnos.

No. El infierno mental es más grotesco porque es real. Porque cada uno lo tenemos dentro de nuestra sesera. Porque todos tenemos malos pensamientos cargados de consciencia o simplemente pasamos por un mal día. Sin embargo, el infierno de Diego provenía de sus propios ideales, sino de un agente exterior. De varios, en realidad, y uno solo en concreto: aquella noche de abril.

Por ejemplo, hoy, a más de medio año de tener el trabajo y a escasos minutos de que terminara su turno, por fin entendió un poco de lo que susurraban a su alrededor: <<Casi no le queda energía. Tenemos que hacerlo pronto. Es más débil que los otros.>>

Sus manos temblaron desde que escuchó las maquiavélicas frases hasta que checó salida, incluso batalló para abotonarse la camisa. Salió de ese maldito lugar con mil pensamientos y un pánico como nunca lo sintió.

"¿Cómo que casi no me queda energía? -pensó mientras esperaba a que cambiara el semáforo- Es cierto, cada día estoy más cansado, pero ¿llegar a ese nivel?"

El semáforo cambió al verde. Una de las ventajas de salir en la mañana era que las calles estaban despejadas, bendito privilegio, aunque aquella noche pensó lo mismo y... ocurrió lo que ocurrió. Su corazón se entristecía cada vez que recordaba con horror lo que había hecho.

"¿Qué es lo que tienen qué hacer? -Cada que pensaba en las frases dichas por los sinrostro se le erizaba el vello de la nuca- ¿Matarme? Quizá. Debo hacer algo rápido, ellos dijeron que lo harían pronto. No puede significar otra cosa sino la muerte."

Giró el volante para entrar a la callecita en la que vivía. Trabajo cerca de casa, conveniente y rápido.

"¿Cómo de que soy más débil que los otros?" Aparcó el carro cuidando de no golpear el bote de basura de su vecina, una señora más molesta que la tos. "Significa que hubo otros ¿Qué les pasó?"

Abrió la puerta y, en vez de prepararse el típico plato de cereal, decidió irse a dormir. Esa maravillosa hora de sueño le daba la energía -"que ahora casi no tengo" pensó con sarcasmo suficiente- para continuar su día. Entraba a las ocho en su otro trabajo así que no pensaba desperdiciar su tiempo preparándose el desayuno, ya comería después.

Su último pensamiento antes de dormir fue que tenía que hacer algo para acabar con todo. El fuego lo purificaría, como decían en La Santa Inquisición. Necesitaba un auto de fe. No creía mucho en Dios, pero ahora sabía que los demonios eran reales, sus demonios internos. Sí, el fuego era la respuesta...


Esa misma noche llevó a cabo su plan. Lo hiló durante todo el día, afinando detalles. No aguantaría otra noche de culpa, de vivir una vida que no merecía.

Lo más difícil era meter la gasolina en la tienda sin levantar sospechas. La puso en los mismos recipientes en los que llegaba al almacén en el jabón y el encerador de piso. El líquido rosa del jabón ni el blanco lechoso de la cera se parecían al color verdoso de la gasolina. He aquí lo que permitió que la gasolina pasara delante de las narices del guardia de la tienda:

Como hemos dicho, sus compañeros se quedaban solo una hora antes de salir, hora en la que platicaban un poco, aunque cada vez lo hacían menos, por eso se les hizo extraño que Diego entrara con una sonrisa en ese rostro pálido y sudoroso. "Quizá este enfermo del estómago" pensó Javier, el guardia con el que tenía más trato, recordando las cuantiosas visitas al baño que tuvo que hacer durante el turno. Diego llegó saludando, inusual en estos últimos días, queriendo hacer plática. Javier contestó rápido, cortándoles los pocos deseos que tenía que fraternizar, otra ida al baño reclamaba su atención. Apenas le dedicó una mirada a los dos botes, lo último que pensó antes de aliviar el vientre fue que Diego era tan necio que traía sus propios limpiadores cuando la empresa compraba los insumos necesarios.

En fin, el diablo está en los pequeños detalles.

Javier dejó -muy aliviado y bastante deshidratado- su puesto. Se despidió de Diego quien apenas le contestó. "Se habrá molestado por cortarle la plática -pensó muy por encima- ¡Bah! Ya se le pasará. Es un bicho raro, y a los raros no hay que entenderlos, solo tolerarlos". Cerró el cuarto de seguridad y salió por la puerta trasera. Pronto se olvidó de todo aquello.

    Mientras tanto, Diego se relajó un poco cuando escuchó que se cerraba la puerta. Seguía nervioso, pero era por lo que tenía que hacer. 

No perdió tiempo en pequeñeces. Sabía que entre más tiempo perdía también se iría el poco valor que reunió. O no era valor, era cansancio y deseos de terminar con todo. Una cosa era pensarlo y otra hacerlo. Sintió que sus piernas le temblaban como si fueran de goma. Los recipientes con gasolina se volvieron demasiado pesados. Conforme avanzaba entre los exhibidores de ropa, anaqueles y pasillos sentía la mirada de los sinrostro. Una mirada pesada que aterrizaba en la nuca, en la espalda. El cuerpo se ralentizaba con cada paso. Los brazos se le estaban durmiendo. ¿Qué tan lejos quedaban las escaleras?

De alguna manera consiguió llegar a las escaleras. Allí tuvo un descanso de aquellas miradas que parecían querer pegarlo a las baldosas. Casi sintió como se le despegaba las suelas de los tenis.

Puso los botes de gasolina en un escalón. Sintió sueño. Los párpados parecían de cemento por lo pesado que los sentía.

<<Piensa quemarnos>> escuchó en su mente. Una voz susurrante, casi metálica cargada de desprecio, como si les diera asco hablar de él. ¿Había un ligero tono de miedo en las palabras de los sinrostro? ¿Acaso esos seres antinaturales y diabólicos podían sentir miedo? Un destello brilló en sus ojos. Estaba ansiosos por comenzar.

    Reunió las fuerzas suficientes, las necesarias para acabar con todo. Subió el tramo de las escaleras por última vez. Después de esto se iría a otro lado, probablemente tendría que huir a otra ciudad, y quizá a otro estado. Ya se ocuparía de su destino después, lo que le importaba era que esto de los maniquíes andantes, parlanchines y conspiradores terminaría hoy. A esos malditos sinrostro se les derretiría el rostro que no tenían. ¡Ja!

    Cuando subió los maniquíes lo miraban (¿Cómo te puede ver algo que no tiene ojos?) con odio, sorpresa y algo más que no supo diferenciar. Diego sintió miedo, tembló cuando pensó en lo que le podían hacer. Tenía que moverse rápido. Caminó hacia una esquina de la bodega, allí pensaba juntar todos los maniquíes, rociarles de gasolina y encender la mecha. Saldría por la puerta de emergencia, eso activaría la alarma y llegarían los cuerpos de emergencia. Para ese entonces estaría ya muy lejos, esperaba.

    Los sinrostro comenzaron a inundarle la mente con frases amenazantes. De alguna manera hizo a un lado esos cuchicheos y avanzó. Rápidamente los maniquíes le taparon la pasada. Parecía que sabían leer su mente o acaso simplemente adivinaron lo que intentaba hacer.

    Le nació una gota de sudor en la frente que bajó por su cara con una lentitud exasperante. Los maniquíes lo rodearon. Se movían como si estuvieran sobre plataformas deslizantes, no tenían articulaciones, eran como una caricatura mal animada y con poco presupuesto. Era la primera vez que veía cómo se movían. Era extraño, y, de alguna forma, divertido. Como si eso los volvieran vulnerables, de alguna manera...

    A pesar de tener bastante miedo, también estaba demasiado sorprendido. Ni por la mente se le había pasado que ellos podrían ser frágiles. O sea, claro, por el hecho de ser maniquíes de plásticos, pero...

    No tenía tiempo para pensar. Tenía que actuar. No sabía cuánto tiempo le llevaría "destruir" a esos malditos. Tampoco sabía que tan resistentes eran.

    Se sorprendió cuando los sinrostro se hicieron a un lado dejándolo pasar. ¡Ni siquiera le costó trabajo! Fue más el miedo al fracaso que lo que en realidad pasaba. Todo estuvo en su mente. ¿Era una analogía de su vida o de la vida en general? Probablemente. Claro, tenía cosas oscuras, tenebrosas, crueles y hasta despiadadas. ¿Esto era la culpa? ¿Por qué hasta ahora y no antes cuando ocurrieron las cosas? Cuando tuvo que huir...

    Por eso lo hacía, tenía que dejar de huir en cuanto se complicaba la vida. Comprendió que el peligro de los sinrostro estaba en su mente, allí donde ellos atacaban; donde todos los miedos lo hacen, de hecho. 

    Avanzó entre ellos como atravesando sus temores. Los maniquíes se le quedaron viendo con un odio tan profundo que salió a través de la piel plástica.

    El tocarlos fue una combinación extraña, como toda esta experiencia desde que aceptó el trabajo. Primero, pensó que el plástico estaría caliente. Si ellos tenían alguna especie de vida, de energía -y la tenían puesto que proyectaban en él pensamientos y visiones-, significaba que tenía que haber calor ¿no? Toda energía proyecta calor.

    Pero sus dedos rozaron el frío material liso y eso lo regresó a la realidad, lo aterrizó. Era solo un tipo tratando de quemar una tienda departamental. Nada del otro mundo.

    ¿Por qué? Unos demonios de plástico le atormentaban la mente. Era él contra ellos. Lo habían llevado a ese punto en el que convergían la desesperación, locura, impotencia e irrealidad. Estaba tan cansado de tener estas rarezas. Ya nada tenía sentido. Parpadeó y durante un segundo vio que todo estaba como la primera noche.

    Los maniquíes estaban en su lugar, el ambiente no se sentía pesado ni tétrico, todo parecía... normal. El segundo pasó, Diego parpadeó y los maniquíes estaban de nuevo alrededor de él, amenazándole, intimidándolo.

    Ya no podía confiar en sus ojos. Tenía que continuar sin importar otra cosa. ¿Qué era real y qué no? ¿Cómo saberlo? Y sobre todo, si dejaba pasar esta oportunidad, esta pequeña ventana en la que tenía el valor para resolverlo se cerraría. ¿Volvería a tener una?

    No lo creía. Esta era la primera y única oportunidad de hacer algo, como muchas cosas en la vida. ¡Ah! Terrible soledad. Maldita liberta en la que siempre tenía miedo a fracasar. No solo hoy, no solo en esta situación. Siempre, a lo largo de su vida había evitado ser aquél que no logró lo que quería.

    Ese miedo a que los demás lo señalen con el dedo y se burlen: <<aquél que no pudo, pobre diablo>>.

    Sin embargo, ese miedo a intentar y no lograrlo, lo llevó a un estancamiento personal. Congelado. Frustración... Demonios personales que lo perseguían hasta hoy. Sus propios demonios sinrostro ¿o es que acaso el miedo tiene cara? ¿Alguien sabe cómo se ve la decepción propia?

    Por suerte no tenía alcohol a la mano. La última vez que pasó de esa manera terminó con la vida de aquellas...

    Culpa.

    El corazón le retumbó en su pecho. La cabeza palpitó al ritmo de acelerado por los recuerdos de aquella maldita noche de borrachera. La razón por la que tuvo que huir de su antigua ciudad, rogándole a Dios, el destino o a cualquier fuerza superior que nadie se diera cuenta, que nadie lo hubiera visto. Y si los había, que no pudieran identificar el carro. Carros rojos había en todos lados ¿no?

    Recordó que apenas tuvo tiempo de abandonar su vieja vida y huir a la ciudad ni tan cercas ni tan lejos. Creyó haber tenido suerte porque nadie se dio cuenta. Nunca fue muy sociable así que nadie se preocuparía de verdad porque no aparecía. Quizá fue el tema de conversación durante algún descanso o en la hora de comida, pero pronto lo olvidaron -muy seguramente- al escuchar otro chisme de la fábrica.

    Pero la "suerte" que creyó haber tenido porque no lo atraparon se terminó tan pronto se instaló en el cuartito que logró rentar por un precio ridículo. La sensación de que todos sabían que escondía algo, que aquellos con los que cruzaba miradas lo juzgaban por aquel crimen del que trataba huir. Vio las noticias, los reporteros informaban...

    Tiempo.

    Era lo que no tenía ¡y lo estaba desperdiciando!

    Movió los maniquíes hasta una esquina. Estaba incrédulo. Los sinrostro estaban allí, como las figuras plásticas que eran. Nada de expresiones raras, salvo los incesantes murmullos que zumbaban en su cabeza como un panal furioso que no le dejaba mucho margen para pensar.

    Subió todos los maniquíes de la planta baja, se movió lo más rápido que pudo. Temeroso de que alguien estuviera revisando por las cámaras. Quizá un centro de monitor exterior.

    Roció el combustible en los sinrostro con una inesperada alegría. Estaba tan cerca de lograr esa paz que su alma anhelaba. Esa paz que siempre lo eludió y terminó por esfumarse en aquella noche de abril. Viendo los maniquíes amontonados no parecían una gran amenaza, se veían casi inocentes al estar apilados de la forma más ruin y apresurada. Tiró los botes vacíos a la pila de plásticos inertes.

    El silencio de los sinrostro lo aturdió. Fue como si el momento en el que decidió que todo terminaría los sinrostro asumieron su derrota. ¡No pudieron vencerlo! ¡No pudieron doblegarlo! Así débil como estaba todavía tenía fuerzas para vencerlos. "¡Ja! De seguro no esperaban que me animara a hacerles algo, se les olvida que ya no tengo nada que perder" pensó con regocijo.

    Y los hombres más peligrosos son aquellos que ya no tienen nada qué perder, a los que nada les importa.

    El silencio lo rodeó, estaba tan acostumbrado a escucharlos, a sus acusaciones y humillaciones, que la falta de susurros lo abrumó causándole una última duda: ¿esto era real o una alucinación?

    ¿Estaba ocurriendo de verdad o agonizaba? No podía ser, no había probado alcohol desde aquella vez. Y muchas veces estuvo tentado a terminar con su existencia. Una existencia mísera, ruin y lamentable, una existencia propia de la gente mala a la que nunca le llega la paz pues su consciencia gritaba desde que extinguió la vida de otras personas.

    Al fin había alcanzado el límite del estrés mental. El colapso estaba aquí.

    Sacó el pequeño encendedor amarillo y lo miró. Todo había acabado, o acabaría muy pronto. La salida de emergencia quedaba a un par de metros. Afuera, cerca de la puerta estaba su auto, listo para escapar. Diego solo tenía que abrirla, encender el auto y salir como alma que lleva el diablo. Había una caseta de vigilancia en el estacionamiento de la plaza, pero no había valla ni reja para cerrar el paso. Según los dueños, era de mal gusto que los vieran como un lugar peligroso.

    Aun no terminaba de pagar el auto. ¿Había cerrado las llaves de gas y agua? ¿Y qué de la electricidad? No recordaba haberlo hecho. Era curioso lo que uno pensaba antes de...

    ¿Así que esto era el final? ¿Esto fue parte del plan, desde el principio?

    ¿Los sueños -aquellas pesadillas- eran precursores de su decisión? ¿O la idea nació en el fondo de la mente y flotó poco a poco -usando cada pesadilla como medio para escapar- y ahora que había emergido al fin era consciente de su macabra conspiración?

    Accionó el encendedor, la pequeña flama bailaba en el aire enrarecido, mezcla de sudor, dolor y gasolina.

    Sus ojos reflejaron la flama. Era el único brillo que proyectaba su mirada. Había perdido la alegría de vivir. El dolor y las preocupaciones apagaron las ganas de sonreír, de buscar un motivo para salir adelante, para aguantar otro día más. La culpa lo consumió.

    Todos esos remordimientos se acumularon como agua en una presa estaba por reventar. Había cubierto sus traumas, como el polvo bajo algún mueble. Remordimientos sin rostro que ahora se revelaban a la luz del encendedor.

    Su cuerpo se movió sin pensar en ello, automáticamente, obedeciendo a quien sabe qué reglas, a quien sabe qué deseos. 

    El calor del encendedor le recordó lo bien que se sentía -o creía sentirse- cuando el alcohol lo embriagaba y le calentaba el alma. Entre borracheras era un hielo, le gustaba tomar para deshielar su mente. Bueno, más bien no tomaba por gusto, bebía por necesidad. Necesitaba ese maldito vacío que venía con el líquido fermentado. El adormecimiento de sentidos y recuerdos parecía como si la realidad se fuera apagando poco a poco. La razón por la que todos lo hacían. Escapar de la vida misma. Olvidarse de uno mismo.

    Los maniquíes, en un silencio inmóvil, lo invitaban a esa cama de paz hecha de plástico con sábana de gasolina. ¿Qué no eran seres demoniacos enviados por el mal? ¿Qué no eran producto del mal, de un mal paranormal, de ese mal del que hablan las religiones?

    No, ese mal venía de su interior. Él era el malo, el irresponsable, el asesino. El culpable.

    Ojalá aun tuviera gasolina para bañarse en ella, como una especie de bautizo ritual. Se tendió sobre los maniquíes. Era extrañamente cómodo estar entre ellos. Siempre estuvo en medio de sus miedos, solo.

Tenía que irse, pero levantarse era demasiado trabajo. Además ¿a dónde iría? No importaba, siempre estaría con los sinrostro. ¿Qué sentido tendía huir? Nadie lo esperaba, a nadie le interesaba. Y lo peor: perdió interés en sí mismo, y cuando eso sucede, querido lector, solo un milagro puede salvarnos.

    El milagro no llegó.

    Allí, en medio de los maniquíes, en medio de los sinrostro, pensó que una vida no pagaba otra, mucho menos las dos con las que acabó. Vio las noticias de las personas que terminaron en la carretera, pero no se atrevió a ver las identidades, su crimen no tuvo rostro...

    Hastiado de pensar, de sentir, y de una indecisión, sin perder más tiempo, levantó el encendedor. Lo accionó y sin más dilación, Diego se inmoló.



    Al amanecer la noticia se propagó por la ciudad. Videos de cómo había quedado la tienda, bomberos trabajando entre los escombros y cenizas, y autos de las aseguradoras. Los reporteros preguntaron al guardia de la caseta qué había ocurrido, pero solo podía decir que hubo un incendio provocado. Se especulaba que había una víctima mortal, aunque no había información oficial. 
    
    Fiscalía veía los videos de seguridad. El intendente esperó a quedarse solo, juntó los maniquíes en un sitio, los roció con gasolina, se acostó con ellos y prendió fuego. Las alarmas sonaron. Bomberos y policía llegaron conforme a protocolo. Nada pudo hacerse.
    
    En las investigaciones dieron con el auto de Diego M. Z. el cual no fue alcanzado por las llamas. Dentro se encontró dinero y documentos, lo que quería decir que quizá planeaba huir después de provocar el incendio y por alguna razón, decidió terminar con su vida. Quien sabe, ya se encargaría la psicología forense de desenmarañar el asunto. Mientras tanto, investigadores de la UIIE, de la mano de la FGE encontraron una hoja escrita de puño y letra de Diego M. Z.     No era una carta suicida, sino más bien una carta de confesión, gracias a ella reabrieron una carpeta de investigación y ayudó a resolver lo ocurrido en otra ciudad durante aquella noche de abril.

                                                            -J. A. Valenzuela


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 Esta historia tiene una precuela: Aquella noche de abril, que se estrenará el 4 de MAYO


 

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