El propósito de este relato es solamente narrativo y creativo, y NO pretende otro fin más que el de entretener. Algunas escenas pueden contener elementos que resulten inquietantes o emotivamente intensos para ciertos lectores, se recomienda discreción.
Desde que creció, Federico pensó que eso de ponerle altar a los muertitos de la familia era una tontería. Cuando era niño le gustaba por el pan, el chocolatito y las mandarinas, pero llegó la adolescencia y con ella una extraña necesidad de burlarse por muchas de las creencias de la gente.
Quizá fue porque su papá falleció en un accidente de carretera, era trailero. Y su hermano enfermó poco tiempo después y la enfermedad se lo llevó.
Fede se quedó enojado con el mundo.
Solo.
Nunca sintió esa presencia de su padre y hermano que todos en la familia decían sentir cuando se acercaba el Día de muertos.
"Ellos ya están muertos, se están pudriendo en la tierra, no hay nada más. Es ridículo rezarles y creer que siguen con nosotros. Se fueron y ya, punto." Decía cada vez que le preguntaban si no sentía nada por ellos.
Incluso cuando tenía 16 años tiró el retrato de su abuelito y su hermano mayor del altar, así como el agua y la comida que les habían puesto. Su madre, quien estaba muy consciente de esas actitudes, le preguntó si sabía lo que había ocurrido.
—Debieron ser los muertos, ¿no dicen que vienen en estas fechas? A lo mejor no les gustó el altar feo que les hiciste.
—Mijo, no te burles de los muertos.
—¿Qué van a hacer? Están muertos, mamá — dijo muy satisfecho y se fue con una sonrisa burlona.
Su mamá lo regañaba, y todos los adultos que de su círculo social también. A veces lo platicaba con sus amigos y aunque no todos creían tanto como los adultos, tampoco pensaban de la misma manera que Federico, y en el mejor de los casos, sonreían para no causar discordias.
Y así creció, con nada de respeto por la celebración. Cada año era una discusión con su madre cuando la veía poner el altar. Ella le decía que respetara, que, si no creía, al menos no fuera grosero. Las peleas se hicieron más fuertes ya que Federico comenzó a tomar, especialmente en esas fechas y cada año se ponía muy tomado. Se le hacía tan tonto revivir el dolor de recordar a los muertos ¿Qué se ganaban con eso? Federico nunca entendió la unión y comunicación que hay con aquellos que se adelantaron en el camino y que están en otro plano. Nunca quiso entender ni respetarlos. El dolor que sentía por su pérdida estaba muy mal encausado.
Cuando Federico tenía 36 años, su madre puso el altar, como cada año. Había enchiladas, burritos, pan de muerto, veladoras, chocolates y una cerveza.
La noche del uno de noviembre, para amanecer dos, comenzó el frío que es típico de la noche donde los muertos conviven con este mundo. Pequeñas corrientes de aire comenzaban a circular en el ambiente empujando las últimas nubes que quedaban de la llovizna que cayó en la tarde. El papel picado se mecía con lentitud, y arrastraba ese aroma dulzón del cempasúchil. Las velas y veladoras alumbraban el camino.
Doña Emita, la mamá de Federico, estaba platicando con sus muertitos sentada al lado del altar. Allí estaban las fotos de sus padres y suegros, de su hermana y un par de sobrinos, incluso estaba El Chino, el perrito que adoptaron y se enfermó para nunca sanar. Sobre todo, platicaba con su esposo e hijo, les decía lo preocupada que estaba por Federico. La ancianita estaba sola en su casa, recordando aquellos momentos de dicha y felicidad que pasó con ellos, dio una mordida al pan de muerto que había hecho con sus propias manos (con ese sabor a azahar y ralladura de naranja que no tenían los panes de los supermercados) y café de olla que nadie más tomaba, solo ella.
No le molestaba estar sola, solo se preocupaba por Federico porque siempre se ponía muy malo cuando salía a tomar. Le dolía reconocer que su hijo no era la mejor compañía, que le hacía la vida muy difícil y, que por mucho que lo amara, ya no quería vivir con él. Cada vez era más violento, tenía miedo de que alguna vez le pegara. Si ya le gritaba y quebraba platos y vasos cerca de ella ¿Cuánto tiempo faltaba para que se atreviera a ponerle una mano encima? Se entristecía al pensar en ello.
—Ay, viejo — decía con la mirada entristecida y la voz quebrada ¡Cuánto los extrañaba! —, mejor llévame con ustedes, aquí ya no tengo que hacer. Mijo, tú sabes cómo es tu hermano, no tiene remedio.
Y como si fuera cosa del destino, Federico entró en la casa abriendo la puerta de manera violenta. Tenía la mirada inyectada en sangre, una ligera baba le escurría. Parecía una bestia rabiosa. Entró llenando el piso con soquete, ni siquiera le interesaba que estuviera recién trapeado.
Doña Emita se estremeció, y trató de abrazarse a sí misma. Se cubrió con su chal, ese chal azul que le había regalado su esposo.
—¡Tengo hambre! —rugió la bestia en la que se había convertido Federico.
Y se dirigió al altar.
—Deja te preparo unas enchiladas— respondió doña Emita con miedo en la voz. Batallaba para ponerse en pie, pero del susto lo hizo más rápido que de costumbre.
Federico la miró con esos ojos violentos, luego miró al altar y sonrió.
—¡No! Mijo, déjales su comidita a ellos, ya te preparo la tuya, nomás es calentarlas.
—¡Cállese, mamá! —rugió Federico, su asqueroso aliento hedía a alcohol. Levantó la mano como si quisiera golpearla.
Doña Emita se encogió.
—Mijo, es la comida de ellos, tienes que...
—¡Cállese y lárguese de aquí!
Y haciendo eso, tomó a su madre de las muñecas y la empujó. La pobre viejecita se estampó con la pared y cayó en la cama que estaba cerca. Doña Emita lloró no por el golpe, sino por ver en lo que se había convertido su hijo.
Miró cómo Federico se comía las enchiladas de la ofrenda, devoraba todo lo que había allí. Y se reía mientras daba un bocado tras otro.
—Comida de muertos —dijo mientras reía con una demencia macabra—, ellos lo que único que comen es tierra.
La lluvia comenzó a caer de nuevo, una ligera llovizna menuda.
Federico notó que su madre lloraba, echa bolita en la esquina más alejada de él.
—Tanto escándalo por esto, ¿sus muertos quieren comida?
Le preguntó con despotismo mientras se tomaba la cerveza de la ofrenda.
Salió dando grandes pasos, con esa sonrisa turbia que indicaba que estaba fuera de sí.
Doña Emita estaba temblando de miedo, dolor, tristeza. Su corazoncito estaba lastimado, herido, y lo peor era que su propio hijo era el causante; su hijo, ese bebé que era tan risueño, el niño que corría feliz por toda la casa se había convertido en un monstruo. Fue al altar a arreglar el desastre, pero no tuvo tiempo.
Federico entró de nuevo, traía algo en las manos.
—¡DEJE ALLÍ! —gritó desde la puerta, fue al altar y le dijo sonriendo con maldad —¿Quieren comida? Aquí tienen —aventó el lodo que traía en las manos echándolo en los platos donde estuvo la comida — ya están acostumbrados a comer tierra. ¡Tráguenselo!
Soltó una risotada que llenó la casa.
—Mijo, no...
Pero doña Emita no alcanzó a terminar la frase. Federico le había dado una cachetada.
El silencio llenó el ambiente, roto por la ligera llovizna.
—¡Vaya y tráigame más cerveza! — le ordenó a su madre, empujándola hacia afuera.
Doña Emita no supo que hacer. La viejecita estaba afuera, bajo la lluvia. Allí se quedó un momento hasta que le dio frío y fue a la tienda, no para comprar cerveza sino para ir a un lugar seco donde no estuviera su hijo.
Cuando llegó a la tienda y Horacio -el dueño de la tienda- la vio, se asustó y le preguntó lo que había pasado. Carmen, la esposa de Horacio, se acercó y ayudó a limpiarla, secarla y curarla. Doña Emita no quería decir nada, la lluvia arreció y se vieron relámpagos. Truenos cayeron y todos se estremecieron aún más. La luz se fue durante unos minutos y cuando regresó la lluvia paró de repente. El aire olió a cempasúchil y azahar. Parecía que se había limpiado el ambiente. Horacio le llamó a la policía y Carmen al médico. Doña Emita no quería que lastimaran a su hijo cuando fueran a arrestarlo.
—Se los encargo mucho, por favor —les pidió a los uniformados.
Los policías y Horacio llegaron a la casa de doña Emita, preparados para someter a un tipo agresivo, pero se llevaron una desagradable sorpresa.
Salvo las veladoras, que continuaban encendidas, todas las cosas del altar estaban regadas por el suelo. Los platos y vasos estaban quebrados, las flores trozadas al igual que el papel picado. Horacio vio que todas las fotos estaban en el altar, acostadas, a pesar de que el cristal de los cuadros estuviese resquebrajado, las fotos no habían sido rasgadas.
Al bajar la vista estaba la escena más tétrica que Horacio vio jamás.
Federico yacía muerto, acostado boca arriba frente al altar. Tenía los brazos extendidos y en las muñecas marcas enrojecidas, como cuando te quema una soga o algo así. No había forma de describir la mirada de pánico que tenía con los ojos completamente desorbitados. Pero la boca... las mandíbulas estaban desencajadas y el maxilar inferior ladeado a la izquierda, como el de las víboras cuando quieren comer algo realmente grande. Lo más perturbador de todo era que la boca estaba llena de lodo.
Federico comió tanto lodo que se asfixió con él.
Las almas de los muertos regresan para convivir con nosotros un ratito, reunirnos y llenarnos de paz, dicha y alegría. Sin embargo, pobre de aquél que les falte al respeto. Pase lo que pase no te burles de los muertos.
-J. A. Valenzuela
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