Existe una hora -en las ciudades- en la que el mundo huele a naturaleza; a pura, simple y compleja vida. A eso que nos recuerda de dónde venimos, nuestra conexión terrenal y espiritual, esa hora es justo antes de que el sol se levante. No es culpa del astro rey, es porque la actividad citadina aun no comienza, no del todo. Esos pequeños oasis de aromaterapia cada vez son menos, al igual que el aire menos contaminado que, a falta de un mejor adjetivo, le llamamos limpio.
Antes de que los motores tosan por las saturadas calles que no dan abasto a los miles de vehículos, antes de que los sonidos estridentes nos aturdan, estresándonos más y más con cada minuto que pasamos en el tráfico, discutiendo con todos aquellos que -según nuestros estándares- no saben manejar. Antes de que el paisaje aclare y el sol se eleve -y con él el calor asfixiante-, antes de que todo ese caos en el que nos acostumbramos a vivir. Antes de todo ese caos llamado progreso, la ciudad huele a flores de azahar.
Ese aroma dulzón que impregna las apacibles calles se adhiere a las fosas nasales. Aroma a naturaleza y libertad, a un inocente y frágil ecosistema que destruimos a cada minuto que pasa. Los edificios se elevan conforme los árboles son talados, los fraccionamientos se expanden a medida que los cerros son colonizados forzando a los animales a escapar de allí. Y después nos sorprendemos por ver esos "animales salvajes" por las calles de la ciudad. Invadimos su casa mientras pensamos que somos los invadidos.
Invasores que ampliamos nuestra cárcel. Estamos condenados a esta jaula de cemento y cristal, y condenamos a los seres vivos que nos rodean. Ecosistema brutal y decadente lleno de depredadores vestidos con traje que ejecutan sus planes en un congreso, cabildos y ayuntamientos, ávidos por contratos de inmobiliarias salvajes que se preocupan por vender microespacios que llaman "casas" de forma tan rapaz que ni siquiera instalan servicios básicos. Violadores de la naturaleza, defraudadores de personas que con muchísimos esfuerzos logran ahorrar para endeudarse de por vida y tener un lugar en el cual vivir.
A veces ese aroma provoca alergias -quizá cada vez somos más alérgicos a lo natural y preferimos lo artificial, preferimos escapar de la realidad-, no te preocupes, toma una pastilla y continúa ignorando tu entorno. No permitimos que el azahar interrumpa nuestras vidas mientras dejamos que el azar consuma nuestra existencia. ¿Cuánto tiempo nos queda? Como especie quizá poco, al planeta no le importa extinguirnos, no somos lo más grande que ha existido por aquí. Nuestros restos se diluirán en el tiempo, pero las flores de azahar volverán a florecer como cada año.
Ese cálido olor del azahar, digno representante del desierto abraza el alma y reconforta el espíritu; renueva la consciencia. Nos recuerda nuestro lugar en la Tierra: mamíferos con complejo de Dios y alma de Diablo, destructores de nuestro entorno.
El futuro se vende por unos billetes, compramos -ya ni siquiera por comodidad, pues el aire acondicionado se volvió una necesidad de primavera y verano- por inercia, por el sentido de pertenencia y el miedo al rechazo.
Flores de azahar blancas, impolutas, hogar de abejas que en este momento zumban en el naranjo de mi patio.
Flores de azahar, abejas batiendo sus alas, mosquitos haciendo sus vidas, pájaros chileros, golondrinas e insectos en ése árbol, rodeando las blancas flores. Un microcosmos que forma parte de la existencia misma.
Una existencia que damos por sentado, una vida que vivimos fijándonos en la hora, en el calendario, en las fechas de pago.
Y aunque no es malo, sino necesario el conseguir dinero y tener una vida lo más cómoda posible, no nos haría mal el admirar -al menos de vez en cuando- y disfrutar de las lindas flores de azahar.
-J. A. Valenzuela
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