El regalo para la bruja

  


  Buenas noches. Vacía tu mente y deja que el miedo te llene, no hace falta que apagues la luz, la oscuridad sabe encontrarte...

    Esta historia comienza en algún octubre de finales del siglo pasado. Nuestro amigo, que llamaremos Bernardo, creció en un pueblito alejado de la ciudad, de esos en donde los niños -desde muy chiquitos- ayudan a los papás y a las niñas les enseñan los quehaceres de la cada. Bueno, resulta que un día al atardecer, cuando Bernardo tenía 10 años y su hermanito casi siete, llevaban un viaje de maíz recién cortado desde la parcela a la casa. Su papá se había quedado en la tierra recogiendo la herramienta así que llegaría más tarde, apenas anocheciendo, pero su hermanito no se quería ir con él así que comenzó a llorar.

    Para entrar al pueblo tenías que pasar por una casa, la cual era la más alejada de todas.


    En esa casa se decía que vivía una bruja. Nunca la habían visto, pero todos decían muchas cosas, ya sabes, los típicos rumores de los pueblos: que tenían gatos negros, frascos con hierbas raras y líquidos viscosos, animales disecados, símbolos raros dibujados con tinta negra o sangre seca... Decían que hacía amarres, encontraba entierros o cosas por el estilo. Algunas señoras del pueblo habían buscado sus servicios para que les hicieran trabajos, pero ellos no sabían mucho de eso. Lo que más les daba miedo era que se decía que se robaba a los niños recién nacidos, por eso nunca los dejaban solos ni tampoco dormían cerca de las ventanas.
    Incluso había casas donde había bebés recién nacidos tapiaban las ventanas con madera para evitar que se metiera a mitad de la noche. A veces también desaparecían niños grandes, animales domésticos y, en poquísimas ocasiones, adultos. Sin embargo, la gente no se metía con ella, le tenían miedo "no vaya a ser que les haga algo".
    Bueno, pues desde que salieron de la parcela, Bernardo lo fue asustando diciéndole que si no se callaba se lo iba a regalar a la bruja. Y su hermanito, en vez de tranquilizarse pues lloraba más. Cuando pasaron frente a esa tétrica casa, Bernardo le dijo a su hermanito que algún día se lo iba a llevar la bruja, por ser un malcriado chillón.
    El no creía mucho en eso, pero de todos modos le gustaba molestar a su hermanito, y a los otros niños pequeños también. 
    Justo cuando iban a dejar atrás la casa, a los dos se les ocurrió voltear (pues, aunque pasaron frente a la casa no se atrevieron a mirarla directamente) y vieron, en la ventana, a la anciana de la que todos hablaban. 
    Estaba parada, sin moverse. A pesar de que no podían verla con detalle, les dio un pavor tremendo. La anciana no se movió ni un centímetro, los miraba fijamente. 
    Ninguno dijo nada. Bernardo apuró al burro que llevaba el remolque para llegar pronto a casa. El camino fue largo y silencioso. Ninguno habló nada, estuvieron muy callados en la cena. Su mamá les preguntó el motivo, pero como les tenían prohibido hablar de esa señora, prefirieron ahorrar palabras. La anciana merecía respeto -fuera bruja o no- solo por ser una persona mayor.
    Esa noche no durmieron mucho. Tuvieron pesadillas muy feas...

    El tiempo pasó y nunca le contaron a nadie lo que vieron, ni siquiera en las noches en las que los niños contaban historias de miedo alrededor de la fogata. Además, conforme crecieron se dieron cuenta de que a pesar de los rumores, era una anciana que vivía sola y simplemente estaba en la ventana. Aunque cada que se comentaba que un bebé desaparecía se acordaban de esa tétrica imagen. También se acordaban de ella cuando anochecía y, a veces, veían bolas de fuego en el cielo rumbo al Cerro Grande. En el pueblo decían que así viajaban las brujas.
    Cuando Bernardo estaba en último año de secundaria, fue junto con su familia a cortar leña en el monte. Era algo que se tenía qué hacer antes de comenzar el invierno, justo después de pasar el día de muertos. Los inviernos eran duros, además usaban la leña para calentar agua para bañarse. Bernardo y su familia estaba acostumbrados a ir, conocían el lugar así que era casi imposible que ocurriera lo que pasó. 
    Sus papás se fueron por un lado y él y su hermano pequeño por otro, después de unas horas se encontrarían en un punto pactado para comer, su madre prepararía la mejor discada con frijoles refritos que se pueda preparar en el disco.
    El aire de noviembre movía los árboles como si quisieran arrancarlos. El ruido de las ramas ponía los pelos de punta, las ráfagas de aire se llevaban las voces haciendo muy difícil la comunicación, aunque traía una nueva... Bernardo escuchaba, entre susurros, a una voz vieja y malvada que le decía -casi como si fuera un macabro canturreo- "es mío, tú me lo diste".
    Se le enchinó la piel, y no por el frío. Volteó a ver a su hermano -quien estaba un par de metros más alejado-, le iba a preguntar si acababa de escuchar algo. Giró, entonces miró a su hermano, estaba pálido y temblando de cabo a rabo. Se acercó a él lo más rápido que pudo lo cual fue difícil pues le temblaban las piernas. Mario, el hermano menor le dijo casi en súplicas y con los ojos llorosos "no dejes que me lleve".
    Ninguno tuvo contacto con aquella señora que decían que era bruja, tenían años que no se acordaban de ella hasta ese momento. Aunque nunca escucharon su voz, sabían que la voz que les susurró era de ella. Simplemente lo sabían.
    Tuvieron tanto miedo que dejaron de cortar leña y se fueron para donde estaban sus papás. Gritaron con todas sus fuerzas, pero el aire volvía inaudible sus aterrados gritos. También se llevaba todos los otros sonidos salvo el zumbido de las hojas meciéndose y ramas casi quebrándose. Y ese maldito y tétrico canturreo...
    No sabían en donde estaban sus padres. No escuchaban el hacha golpear la madera. De pronto, el bosque se les hizo extraño, desconocido. Los árboles cambiaron de forma y se tornaba plastinoso. El paisaje se volvió extraño. A Bernardo comenzó a dolerle la cabeza, se mareaba, al punto de que su hermano comenzó a llevarlo a él.
    De pronto se quedó dormido, así como así. El mundo se volvió oscuro y silencioso.
    Cuando despertó su mamá estaba llorando a su lado, seguía acostado en el suelo del bosque, aun tenía nauseas.
    
    —¿Qué pasó?
    —Al parecer te desmayaste, no encontramos a Mario.
    —¿Cómo que no lo encuentran?
    —Pues no, tu papá y yo estábamos cortando leña y de repente escuchamos un grito. Corrimos para acá. Te encontramos desmayado. T u papá anda buscando a tu hermano.

    Se le cayó el alma a los pies cuando escuchó que tenía media hora tirado.
    Su papá llegó minutos después sin noticia de su hermano. Se regresaron al pueblo y mientras él descargaba la leña, su padre organizó una búsqueda junto con otros pobladores de la región.
    No lo encontraron, ni siquiera algún pedazo de ropa o zapato. Tampoco había huellas ni nada por el estilo. Su hermano desapareció sin dejar rastro.
    Dejó de pedirle a Dios que le regresara a Mario.
   No recibió respuesta...
    Han pasado varios años desde que dejó de ver a su hermano menor. 
    A veces sueña con Mario y le ruega a Dios que se lo regrese, incluso le solicita un intercambio a aquella bruja. "Uno por otro" ruega en su mente con todas sus fuerzas. Siempre se despierta después de que esa tétrica voz le dice en tono burlón: "es mío, tú me lo regalaste ¿te acuerdas?"

Bernardo está desesperado. Sabe que su hermano vive, en alguna parte, de alguna manera... Cuando era niño habló por hablar, era divertido asustarlo con eso... Luego Mario se perdió y todo falló, entonces se refugió en Dios, pero ¿qué pasa cuando Dios también te falla? La familia se quiebra.



    -J. A. Valenzuela

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