Yumma

Carta a mi madre

    


    Carta a mi madre

    La naturaleza humana es extraña, siempre evitamos sentirnos vulnerables, quizá por ello pocas veces demostramos lo que sentimos. Usualmente las cosas salen mal cuando te abres a las personas. De todos modos, uno no se abre del todo, incluso con aquellas personas que creemos cercanas.

    Antes de que llegue el terrible día en que nos separemos quiero que leas esto, que siempre estará aquí por si algún día sientes que me he alejado de ti, por si alguna vez se me olvida demostrarte mi amor.

    Se resume a dos palabras: Te amo.

    Pero no es la cantidad del texto, sino el peso de la expresión. Toda lo bueno que tengo lo aprendí de ti (lo malo ya es cosecha mía). Las mejores cosas de mi personalidad las aprendí de ti, me las enseñaste casi siempre con el ejemplo.

    Recuerdo cuando era niño. Siempre había que alzar la cama al levantarnos (ya de grande me hice un ocioso en eso, tú lo sabes) para empezar el día. Había desayuno antes de ir a la escuela. Por muy quebrada que estuviera la economía nunca permitiste (a mis hermanas ni a mí) que fuéramos a clases con el estómago vacío. ¿De cuántas comidas te habrás privado para que nosotros tuviéramos qué comer? Solo tú y Dios lo saben.

    Al llegar la coma estaba lista o casi lista. Nos mandabas a lavar las manos, comíamos mientras nos preguntabas cómo nos había ido. Primero comer y luego hacer la tarea. Después había que traer leña, limpiar algo o darles comida a las gallinas (cuando las criabas).

    El primer trabajo que tuve fue gracias a ti, ¡ah! Don Humberto, un gran hombre que le dio oportunidad a muchos niños a aprender (un poco) lo que cuesta la vida. De solo pensar en TODO el trabajo que tenías qué hacer en aquellos días en que estaba en la primaria: hacer desayunos, echar lonches, ir a trabajar en las huertas (o en la casa de María, la esposa de Humberto), ser madre de dos hijas cuya edad y problemas o consejos eran diferentes, y todavía yo, el menor; además de ser esposa de mi padre. ¿De dónde sacaste tanta energía, fuerza y determinación? No lo sé, el cerebro no me da para entender.

    Siempre estuviste al pendiente de mis estudios, preguntando a los profesores o prefectos sobre mi comportamiento. Te tocó ser padre y madre a pesar de que no fuiste madre soltera...

    Confidente, administradora, guía (¿recuerdas cuándo sacábamos fiado a Pato -el de la tienda- y cada sábado, día de paga, nos tocaba poner una parte y tú cargabas con el resto?).

    ¿Qué hubiéramos hecho si no hubieses sido así?

    A veces te veo como una roca, fuerte e imponente, maciza e imperturbable... Pero las rocas se erosionan, con el paso de los años se hacen más chiquitas. El tiempo ha acortado tu tamaño, teñido tus cabellos de blanco y ha puesto lentes delante de tus ojitos cafés.

    Hubiera deseado ser un mejor hijo, al menos cuando estaba joven, así no te habrían salido tantas canas por mi culpa. Han pasado los años, ahora que somos adultos veo que tu título de madre sigue allí, más fuerte que nunca. Seguimos siendo tus pollos que a su vez tienen sus pollitos, y la abuela gallina sigue allí para guiarnos, regañarnos, para amarnos.

    Uno no sabe lo afortunado que es por poder abrazar a su madre cuando quiera, por escuchar su voz, aunque te cuente cosas que no entiendes. Pero cuando te veo sentada en el sillón, comiendo cueritos y viendo tus series de vaqueros, me siento feliz.

    Generalmente la madre es la única mujer que ama incondicionalmente a un hombre. Desde que te conoce hasta que ella se va al cielo. Debí haber hecho algo extraordinariamente bueno en una vida pasada para que me tocara el regalo que es ser tu hijo.

    Contigo aprendí a ser bueno y honesto, alguien decente.

    ¿Te acuerdas cuando la señora de la tienda me dio cambio de más y me obligaste a regresárselo? "No tomes lo que no es tuyo, puedes trabajar, incluso si no puedes pagar algo agradécelo lavando los platos si te invitan a comer" son consejos que me has dado.

    Ni qué decir de la lectura y letras, pues, aunque mi padre me enseñó a leer mi primera palabra (Nescafé), tú me inculcaste esa curiosidad de abrir un libro y leer todo lo que cayera en mis manos. ¿Te acuerdas de aquellas noches en las que leíamos a la mesa con la estufa de leña quemando troncos? Mi padre enojado, fingiendo dormir mientras tú y yo platicábamos sobre nuestras lecturas. Ah, la música. Otra de tus herencias. Tú eras cantante de un pequeño grupo durante tu juventud. La melomanía empezó contigo. Sí, mi padre llevaba los CD, pero tú empezaste a corregirme con eso de los tonos cuando recién aprendía a tocar guitarra. Ahora de grande, escuchas heavy metal gracias a mí, antes te dolía la cabeza con los sonidos estridentes y ahora te gustan.

    Siempre se te dio bien ayudar a la gente, reconozco que debería ser mejor en eso. Tú haces algo que yo no puedo: sabes ver el bien dentro de la gente, por pequeña que sea la porción, tú siempre lo ves.

    Quizá por eso cocinas tan bien, porque eres puro amor y dulzura.

    También te heredé la necedad. Ambos lo somos, pero aplicado de forma diferente. Nunca se te han cerrado las puertas porque cuando no quedaban caminos para algo, tú los hacías.

    Cuando mis hermanas se mudaron tú y yo nos volvimos más unidos, cómplices en muchas cosas que no es correcto ventilar aquí, pero viven en la memoria. ¿Cuántos fines de semana vendimos tamales? Tú eras la que más friega llevaba, casi ni dormías por vigilarlos.

    Nadie sabe cómo me gusta que me corten el cabello, solo tú, por eso te pido que lo hagas. Es otra cosa solo nuestra. Te mereces todo lo bonito del mundo, y si fuera un hijo mejor te lo diera, pero aun no puedo sigo trabajando en ello.

    Sé que hay millones de cosas que me faltan por escribirte, pero mi cerebro no me permite expresarlo mejor. Al menos con esta carta quedará constancia de lo mucho que te amo y te amaré. Mi amor por ti es eterno, incondicional e inconmensurable y aun así es mucho menos de lo que te mereces. Te amo.

    Me disculpo por las veces que te he contestado mal, o que has sentido que me porto mal, sé que no debo hacerlo, pero a veces soy tan estúpido... O quizá ya te haya decepcionado, en ese caso, lo siento. Sin embargo, esta carta es para que sepas, leas y recuerdes lo que ya te he dicho algunas veces. Aquí se quedará una parte de mí, en este espacio de internet. Y cuando alguien lea esto que sepa cuanto te amé.

    Esto es para ti, un ángel que me dio la vida, y su nombre es Lupita.


-J.A. Valenzuela





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