Alan

 El locutor llega al estudio. Enciende las cámaras y micrófonos. Enciende las velas. Toma un trago de agua. Inhala y exhala con mucha fuerza, mentalmente cuenta hasta tres. Mira a la cámara y comienza el episodio de hoy.

    —Buenas noches, escucha con atención. No hace falta que apagues la luz, la oscuridad sabe encontrarte... Comencemos:

    Un doppelganger es un término alemán que significa "doble andante". Son considerados dobles fantasmagóricos (que pueden reflejar la sombra más oscura del ser humano) de una persona viva, se dice que todos tenemos al menos uno en algún lugar del mundo.

    (Basado en una historia real. Los nombres han sido cambiados para guardar la privacidad de los afectados)

    Alan era el niño más común del mundo. Fue hijo único, lo que significa que sus padres lo consentían comprándole los juguetes que quería y satisfaciendo los antojos que tenía. No es que fuera mimado en sí, pero como se portaba bien todo era felicidad... Tenía amiguitos y primos con los que le gustaba jugar y descubrir el mundo. Su vida fue genial hasta aquella tétrica noche. La primera vez que él, o eso, se le presentó.

    Un día Alan y sus primos tuvieron una pijamada. Vieron una película en la que unos niños se iban a dormir y despertaban en un mundo exactamente igual salvo por las personas. Todos los adultos eran malvados, no recordaba por qué ni lo que querían hacer, pero sabe que son malos. Cuando los niños buscaron refugio en su casa para buscar a sus papás, ellos también eran malvados. Los niños corrían asustados de sus propios padres, llorando y escondiéndose por las habitaciones. 

    Justo cuando estaban a punto de atraparlos Alan se cubrió con la sábana y no vio la escena. Sus primos sí lo hicieron y gritaron del susto. Unos minutos después su mamá entró en el cuarto para regañarlos. Les advirtió que no debían ver esas cosas feas y se fueran a dormir.

    Obedecieron. 

    Comenzó a soñar -según él, con lo mismo de la película-, salvo que en vez de que los adultos tuvieran una copia malvada, ahora era él. En el sueño, se despertó para ir al baño, y una vez terminó se dispuso a lavarse las manos. Una mancha en el espejo le llamó la atención. No supo cuánto tiempos se quedó mirando. La llave seguía abierta y sus manos ya estaban lavadas, continuó sintiendo el agua entre los dedos. Miró su rostro, a estas alturas ya se había despertado del todo. Había algo raro en el reflejo. Algo en sus ojos no estaba del todo bien, tenía la mirada apagada. El reflejo trató de sonreír, pero no lo logró, luego, el reflejo se rascó la mejilla...

     ¡Él no pudo haber sido! ¡Seguía teniendo las manos bajo el chorro del agua!

    Parpadeó. Y la escena se reestableció. Volvió a la normalidad. Asustado y tembloroso, se regresó a la cama. Se cubrió con las sábanas y apretó tanto los ojos que le dolieron...

    A la mañana siguiente, mientras desayunaba cereal, trataba de convencerse de que todo había sido un feo sueño y que jamás volvería a ver películas o cosas relacionadas con el terror, su mamá le preguntó si había estado enfermo.

    —No ¿por? —la voz de Alan sonó llena de temor.

    —Anoche duraste mucho en el baño ¿te dolía el estómago?

    —Ehhh, sí —respondió sorprendido.

    Entonces descubrió que no había sido una pesadilla...


    Los días pasaron y aunque dejó de pensar en aquello, en pocas semanas el terror regresó. Le hablaron a su madre a la oficina del director de la primaria. Le dijeron que en el receso había tirado la comida de Ana, una compañerita del salón, y que al huir empujó a otro compañero que cayó en el suelo y se soltó llorando. Alan lo negó, por supuesto. Él NO había sido. Durante el receso se la había pasado en la biblioteca -no es que fuera muy estudioso, pero allí se podía estar tranquilo sin pensar en aquél tétrico reflejo, sobre todo porque a sus primos no les gustaba estar en la biblioteca así que tendría el lugar para él solo-, pero no estaba seguro de que alguien no lo hubiera visto. Después de todo ¿qué niño anda buscando testigos?

    Alan le juró y perjuró a su mamá que no había sido, que no pudo haberlo hecho. Obviamente nadie le creyó. Fue suspendido, y durante el par de días que duró en casa, se la pasó en su cuarto evitando ir al baño, y cuando no podía aguantar más se apuraba y siempre trataba de no verse en el espejo...

    Cuando estaba en preparatoria ocurrió el segundo evento. Más violento, y, esta vez, más doloroso...

    Consiguió dejar de pensar en eso durante algunos años y desde entonces no volvieron a llamar a su madre a la oficina del director. Un día, cuando estaban en la prepa, se fue de pinta con una amiga, decidieron no entrar a clases y gastaron el tiempo yendo al cine y comieron hamburguesas. Terminó el día y se despidieron, cada quien se fue a su casa. Al día siguiente, cuando Alan iba entrando a la escuela un prefecto lo lleva a la dirección. Alan no sabe qué está sucediendo; el director, subdirector, prefectos y algunos otros docentes lo están esperando. La orientadora social se puso a su lado, como si fuera una intervención.

    —¿Qué pasa? —pregunta, nervioso.

    —¿Cómo que qué pasa? —le contesta el director, lo analiza con la mirada— Aquí está el informe del hospital, por suerte se repondrá rápido y no levantará cargos contra ti.

    —Espérense, ¿de qué me hablan? —Alan mira a todos a la vez. Baja la mirada y ve los papeles que le dio el director, lee algunos términos que apenas entiende, pero sabe que es grave. Golpes fuertes.

    Los adultos se miran entre ellos, unos contrariados y otros indignados, incrédulos. La orientadora social le pone una mano en el brazo.

    —Alan ¿de verdad no recuerdas lo que hiciste ayer?

    ¿Ayer? ¿Qué hice ayer? Nos fuimos de pinta y vimos una película, comimos algo y luego en mi casa jugué a la consola. Vi algo en la computadora y escuché música. ¿Qué tiene de malo?

    —¿Es por la falta? —pregunta casi con inocencia— No pensé que fuera tan grave. Cualquiera se va de pinta de vez en cuando.

    —¿Falta? Es por la pelea que tuviste con Ernesto. Te volviste loco.

    —¿De qué hablan? No vine ayer. Estuve con Fanny.

    Un silencio se instaló en la dirección. Alan estaba confundido, un par de maestros también. El prefecto que lo llevó allí fue el mismo que lo trató de seguir antes de que huyera, y se lo hizo saber.

    —Háblenle a Fanny, ella les va a decir que NO vine. Yo no fui — insistió Alan, pero algo en su mente despertó, una visión pasada de cuando estaba en otra oficina de otro director. Malas conductas.

    La orientadora da el visto bueno. Piensa que quizá si la chica lo confronta, él se dará cuenta de lo que hizo. Había que tener cuidado con el muchacho, la cosa podía ir desde una simple mentira hasta un caso de esquizofrenia, personalidad múltiple o tal vez de drogadicción. Era importante estar al pendiente.

    Cuando Fanny llegó les dijo la misma historia que Alan. Hasta les preguntaron cuán era la película que habían visto y al mismo tiempo contestan "Río 2".

    Los profesores se confunden. Infieren que la chica está mintiendo. Luego, a los dos les muestran un video donde se alcanza a ver en la esquina superior izquierda, el inicio de la pelea. Minutos después se ve al chico corriendo y al prefecto tras de él. Aunque la calidad del metraje no es demasiado detallada, no hay duda de que es Alan.

    El caos, la confusión y el miedo se apoderan de él. Fanny, su amiga, no cabe de la sorpresa. A pesar del video, ella lo apoya, juran que dicen la verdad. Incluso les enseña los boletos de la película. Nadie les cree y el asunto pasa a un expediente disciplinario. Llaman a la mamá de Alan, comienza a recibir ayuda psicológica. 

    Fanny no puede creerlo, está muy confundida. El chico decide contarle su experiencia de cuando era niño. Ella lo escucha y entre los dos deciden que no debe contarle la verdad a la psicóloga, en vez de eso aceptará que perdió el control, un ataque de ira es más sencillo que explicar las anormalidades. Dile a la gente lo que quiere escuchar y pensará que todo está bien. Alan se siente un poco más apoyado, pero tiene miedo. Cada vez que eso aparece hace algo malo, causa dolor, y esto es más violento.

    Algo que le preocupa -todo le preocupa, pero ese es un detalle que no pasa desapercibido- es que ese ente parece crecer junto con él, además, se vuelve más violento. En el video es como si realmente él -el de verdad- hubiera golpeado a su compañero...


    Años después, cuando ambos estudian en la universidad les toca trabajar en una joyería ubicada en el centro. Trabajaban medio tiempo y todo el día en los fines de semana. Se van conociendo más y más; y, como suele pasar, desarrollan un romance.

    Romance que continúa durante toda la universidad. Durante tres años no hay ningún encuentro anormal. Al graduarse, Alan se muda a otro estado por una buena oferta laboral así que terminan la relación, pero continúan siendo buenos amigos.

    Cuando recién se instaló tuvo mil inconvenientes, como siempre que uno se muda a una casa. Entre ellos, la tubería de la tarja de la cocina no servía por lo que tenía que agarrar agua de una llave del patio. Era la primera vez que vivía solo y se sentía un poco extraño. No estaba impuesto a cerrar la puerta con llave, pero desde el primer día lo hizo. Así se sentía más seguro.

    Un día fue con una cubeta a agarrar agua para trapear, aun no le instalaban el internet así que para distraerse mientras la cubeta se llenaba, se aseguró de que la puerta estuviera cerrada, luego salió al patio y se dispuso a mirar los alrededores. La casa tenía un árbol de naranjas, siguiendo la rama con la mirada llegó al segundo piso de la casa. En la ventana que tenía directamente arriba de él se movió la cortina que recién había puesto. El día no estaba aireado y las ventanas de arriba estaban cerradas por lo que no era posible que alguna corriente de aire moviera las cortinas. Se fijó mejor. ¡Era un tipo! ¡Había un tipo en su casa!

    Pensó que era algún malviviente que se había metido para robar. Alan entró a la casa muy rápido, fue a la cocina y tomó el primer cuchillo que vio. Subió las escaleras con cuidado, esperando que el tipo se delatara y bajara para atacarlo. La ventana en la que lo había visto esta justo al terminar las escaleras, del lado derecho tenía dos cuartos y al fondo quedaba el baño. Revisó los cuartos con la mirada sin encontrar nada. Tenía que estar en el baño. Sudando, abrió la puerta solo para encontrarse con un baño vacío. La única parte en la que podía estar era en la regadera. Se preparó, con rapidez abrió el cancel y acuchilló el aire...

    Vacía, toda la casa estaba vacía.

    Se quedó respirando con jadeos. ¿Qué está pasando? La casa estaba cerrada y no había nadie allí. Nadie salvo él... Salió del baño, recordando que estaba llenando la cubeta, se fijó desde la ventana de la escalera. Lo que vio le heló la sangre.

    Se vio a sí mismo junto a la cubeta. El ser que estaba debajo miraba el árbol, luego miró a donde estaba él. Apenas consiguió esconderse tras las cortinas. Escuchó que "el Alan" que estaba en el patio entró a la casa. Bajó con rapidez e inspeccionó toda la planta baja.

    No encontró nada.

    Desde esa noche comenzó a dormir con la puerta de su cuarto cerrada con seguro y un martillo al lado de la cama. Estaba tan desesperado y sin saber qué hacer, lo único que se le ocurrió fue llamarle a Fanny para platicarle y consolarse de alguna manera.

    La charla lo tranquilizó. El recuerdo de ella y su voz le hacían bien. Su mente se distrajo y la plática tomó un rumbo más agradable hasta que llegó la hora de irse a dormir. Pasaron algunas noches antes de que pudiera dormir con tranquilidad. Durante esos días no recordó haber soñado nada, y eso, en cierta medida, era grato. No volvió a pensar en ello hasta un par de meses después.

    Una tarde, mientras estaba haciendo el mandado, recibió una llamada de Fanny. Se alegró y contestó con una sonrisa.

    —¡Hola!

    —Hola. Oye ¿por qué no me dijiste que habías venido?

    —¿Cómo que fui? ¿Cuándo?

    —Estoy en la cafetería junto a la joyería en el centro. Te estoy viendo.

    Alan se quedó congelado en medio de la sección de verduras. ¿Otra vez? -pensó- Bueno, puede ser que sea alguien parecido a mí.

    —¿Segura de que no es alguien que se parece?

    —Segura. Te estoy viendo de frente. Parece que veías hacia aquí. Te levanté la mano y no miraste. Hubieras dicho que venías y podíamos hacer algo —su voz se apagó, decepcionada. Alan sabía a qué se refería. La extrañaba y no quería que se enojara con él.

    —Fanny, estoy en el supermercado. Deja te mando una foto.

    Cuando ella la recibió le contestó con la voz alterada.

    —Alan, te juro que te estoy viendo, te voy a mandar foto.

    Ella bajó el teléfono con la mirada fija en "Alan", le pareció que él también la miró. Sintió un escalofrío, no supo por qué. Miró el teléfono para abrir y cuando levantó la vista "Alan" no estaba. Buscó por todos lados, pero no lo encontró. Era como si se hubiera desvanecido.

    —Te juro que estabas allí. Ya no te veo. No pudiste desaparecer así como así. Estabas sentado en medio de la gente. ¡Te tenía justo en delante! —Dijo más para sí misma que para él.

    —Fanny, yo no estoy allí. Yo no.

    Ella pareció entender lo que implicaba. Se le puso la piel de gallina.

    —¿Crees que hay sido el otro?

    —Estoy seguro.

    —Alan, antier también te vi...

    —¿Qué? ¿En dónde? ¿Por qué no me dijiste?

    —Estaba del otro lado de la calle. Justo enfrente de mi trabajo. No te dije porque pensé que me estabas jugando una broma y me ibas a sorprender o algo. Como ahora no me saludaste se me hizo muy grosero.

    Alan respiró profundo. Siempre que aparecía el otro pasaban cosas malas. El otro era violento, agresivo, malo...

    —Escucha, pon atención. Ya sabes que algo va mal cuando aparece —se acarició la frente como siempre hacía cuando pensaba—, tienes que tener cuidado.

—¿Crees que me va a hacer algo?

    —Espero que no. Mira, hay que hacer esto. Usaré una pulsera con una piedra azul, ya sabes que es mi preferida. Nunca te quedes sola cuando lo veas. 

    ¿Copiará también los accesorios? Pensó Alan, esperaba que no. Fanny no supo qué responder, le dio miedo y no quería saber nada de esas cosas, pero quería a Alan y no pensaba alejarse de él. Estaría más al pendiente.

—Fanny ¿sigues allí?

    —Sí... Escucha, tengo que irme —su voz sonó triste, como si hubiera tomado una decisión que a Alan no le gustó.

    —Cuídate, te quiero.

    Esa misma tarde se compró una pulsera con un cuarzo azul. Horas después le mandó un mensaje de buenas noches informándole de la compra, hasta le mandó una foto. Pero Fanny no contestó. Alan entendió que necesitaba tiempo para asimilar lo que estaba ocurriendo.

    Los días pasaron y los mensajes y llamadas continuaron en el mismo tono amigable de siempre. El incidente no fue mencionado en las semanas venideras. El trabajo les fue dando la oportunidad para tomar vacaciones en los mismos días. El plan era que Alan iría a donde ella y de allí sí salían a otro lugar o solo se escondían en el departamento de ella. Ambos se querían, así que no había iniciado una relación romántica con nadie.

    Aquella experiencia quedó enterrada entre los mensajes de buenos días, conversaciones picantes y noticias del trabajo. Fanny le contaba de sus amigas, de los compañeros que le coqueteaban y otras cosas importantes para ellos. Por lo pronto quedaron en que Alan iría a visitarla para finales de noviembre.

    La noche del 16 de noviembre Alan se durmió tarde. Tenía algunos pendientes. Escuchó música mientras terminaba y hasta la media noche apagó la laptop. Para la una de la mañana ya estaba dormido.

    En un sueño estaba en aquella cafetería donde Fanny le dijo que lo había visto. ¿Hace cuánto había sido eso? No lo recordaba, pero parecía que hacía mucho, mucho tiempo. Fanny lo saludó y, por más que quiso contestarle, no puedo. Ella se quedó pensativa, luego sacó su teléfono y le marcó a alguien. Quiso ir con ella, pero no se podía mover. La escena cambió, la cafetería se fue oscureciendo y la penumbra lo absorbió. En medio de las sombras escuchó un siseo, como una estática atronadora que le taladraba los oídos. Escuchó unos pasos que venían justo de enfrente. Cerró los ojos por miedo y cuando los abrió allí estaba él.

    Su doble.

    Era como un reflejo. Todo lo que Alan hacía lo imitaba su reflejo. Si movía una mano el otro también, incluso los parpadeos eran exactos. Todo igual salvo el brillo de la mirada... Era como si tuviera los ojos apagados, no sabía explicarlo, pero así era. Ojos sin vida, o sin la chispa de la realidad. Todo era confuso. 

    Luego, el reflejo hizo un movimiento que Alan no. El extraño extendió la mano izquierda y lo tocó en el pecho.

    El contacto lo congeló. No supo exactamente qué sintió, pero parecía que había nacido un hielo dentro de su pecho y el calor escapaba de su ser. Su corazón se descompasó en una extraña arritmia. La cabeza zumbaba, como si tuviera miles de moscas dentro.

    Hipnotizado y sin poder moverse, pudo ver que entre los dos comenzó a formarse un rectángulo, como si fuera el marco de una puerta. Después, al ente se le desapareció la ropa salvo el bóxer. A su alrededor comenzó a formarse o dibujarse lo que parecía ser un cuarto de baño. Del otro lado, del lado de su doble, se encendió una luz en otro cuarto más lejano. Luego, una silueta comenzó a acercarse. Fanny.

    Le dio miedo, trató de gritar, de moverse, de avisarle a Fanny que tuviera cuidado, pero no consiguió mover ni un músculo. Entonces el reflejo sonrió con la mueca más macabra que nunca había visto y todo acabó.

    Se despertó a las tres de la mañana. Sudando y con las cobijas en el suelo. Al parecer se había movido mucho. Tenía la garganta irritada como si hubiera gritado todas esas horas. No tuvo el valor para volverse a dormir, encendió la tele y esperó hasta que amaneció...


    Fanny se levantó con una gran sonrisa, había soñado con Alan. Nunca había pensado en casarse, pero había visto una película de bodas y la primera persona en la que pensó fue en Alan. Algo debía significar ¿no? Además, HOY vendría a visitarla. Después de tanto tiempo. 

    Lo recibió en el aeropuerto, en cuanto lo vio se le colgó del cuello. Alan le besó la coronilla y la saludó con más cariño del esperado. Sintió un ligero escalofrío quizá por la emoción de volverlo a ver. Se pusieron al día entre risas y pequeñas caricias, con sentimientos que se demostraban sin decirlos en voz alta. Fueron al cine a ver el romance de turno y se dieron un beso que supo algo extraño al principio, pero luego fue normal.

    Naturalmente la noche llegó y la cama fue testigo del reencuentro de dos cuerpos que ya sabían amarse. Sin embargo, Fanny tenía una espinita clavada que no la dejaba estar tranquila. Como si algo no estuviera del todo bien. Quizá era por la manera en la que Alan se presentaba en su vida, a veces estaba y otras no. Ella lo quería siempre presente, y aunque sabía que la situación no era la ideal, el estar con él, esta vez se sintió muy extraño, como si fuera -por llamarlo de alguna manera- antinatural.

    Unas horas antes del amanecer se despertó, no supo en qué momento se quedó dormida. La tenue luz proveniente del baño la espabiló por completo, decidió esperar a que Alan saliera para, cuando volviera, acorrucarse con él. Pasaron varios minutos y Alan no regresaba. Un poco preocupada, decidió ir al baño.

    Tocó una, dos y hasta tres veces sin recibir respuesta. Giró el pomo. Estaba frío. La puerta se abrió con un rechinido que le puso los vellos de punta. Al centro del baño, de espaldas a ella y frente al espejo estaba Alan. 

    Se colocó exactamente detrás suyo, Alan solamente usaba un bóxer así que le veía la espalda desnuda. Estaba llena de rasguños. No recordaba habérselos hecho. Sintió un poco de celos al notar que había otros rasguños más viejos, y debían de ser más profundos porque estaban cicatrizados. Alan no se fijó en ella, seguía inmóvil frente al espejo. Fanny fijó su atención en un par de marcas de mordidas. ¿Quién se las había hecho? ¿Qué clase de sexo practicaba Alan? Eso era demasiada rudeza para ella.

    De pronto la luz del baño parpadeó, lo que provocó que dejara de contemplar la espalda de Alan y se fijó en el único adorno que llevaba; una pulsera en la mano derecha. Fanny trató de recordar algo relacionado con la pulsera, sabía que era algo importante, pero no podía recordarlo, no del todo. El ambiente comenzó a llenarse de una estática extraña, como si el aire se volviera denso y pesado. Alan giró la muñeca revelando que la pulsera tenía una piedra.

    "Usaré una pulsera para que sepas que soy yo -recordó de pronto-, tendrá una piedra azul..."

    ¿Para qué necesitaba un distintivo? Fanny se horrorizó al recordar aquellas tétricas experiencias del pasado. Su doble. Aquél que lo había perseguido durante distintas etapas de su vida. Al doble al que le gustaba lastimar. ¿No lo había visto un par de veces persiguiéndola? Claro, por eso necesitaba saber quién era quién. ¿Por esto todo se sentía raro y fuera de lugar? La muñeca de Alan giró junto con la pulsera revelando el color de la piedra.

    Amarilla. No azul.

    El terror se apoderó de ella, paralizándola. Trató de hablar, pero las palabras no le salían. Subió la mirada al espejo. El rostro de Alan no correspondía con la inmovilidad del cuerpo que tenía enfrente. Mientras el Alan que estaba parado no se movía, el Alan del espejo gritaba desesperado.

    Lentamente, el Alan con la pulsera amarilla se giró hacia ella. Se miraron a los ojos, esos malditos ojos carentes de brillo, ausentes de toda bondad. Una mirada fría que le helaba la sangre. una mirada que supuraba maldad pura. Le sonrió de una forma tan macabra como nunca había visto. Ladeó la cabeza, observándola.

    Trató de correr, pero no pudo. Apenas podía respirar. La luz parpadeó una vez más, la puerta del baño se cerró con fuerza. El sonido hizo que temblara, pero no consiguió moverse, el aire era un medio gelatinoso cargado de estática. La luz se apagó una tercera vez. Cuando se encendió, Alan, el Alan que estaba de este lado del reflejo, se había movido del centro del baño y ahora estaba a unos centímetros de ella. Amenazante, cruel. 

    Fanny comenzó a llorar en silencio. La luz se apagó de nuevo. Oscuridad total. A pesar de no poder ver, sabía que el ser con la que estaba encerrada en el baño se acercaba con macabras atenciones. Él estaba deseoso de hacerle daño...


-J. A. Valenzuela


¡Gracias por leer! si el relato de gustó te agradecería que lo compartieras en tus redes. Eso me ayuda mucho para seguir subiendo contenido. Solamente pulsa el símbolo de compartir.

Comentarios